
Anoche, viendo una entrevista por televisión, le preguntaron a un empresario español del sector alimentario —de esos que figuran en Forbes por méritos propios, no por casualidad— cómo veía el futuro de nuestro país, teniendo en cuenta las incertidumbres que lo atraviesan.
El empresario no respondió con cifras, ni con gráficos. Respondió con una historia. Una historia con alas.
Contó que había una vez un ave, enorme, imponente, suspendida sobre una rama frágil. Desde abajo, alguien —llámalo curioso o prudente— le gritó si no temía que la rama cediera.
El ave, sin inmutarse, respondió:
—No me preocupa la rama. Confío en mis alas.
Y en ese instante, la fábula dejó de ser fábula. Porque lo que parecía cuento era en realidad sentencia.
Confía en tus alas.
No en el árbol. Ni en la rama. Ni en el bosque entero.
Tenemos que construir nuestras propias alas.
Conocimientos.
Habilidades.
Resiliencia.
Porque cuando todo se tambalea —el sistema, el mercado, la política, incluso la rama en la que estás apoyado— lo único que garantiza que no caerás es tu capacidad de volar por ti mismo.
No esperemos a que la rama se rompa para descubrir si sabemos volar.
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