Una cuestión de celos.

Empieza agosto.

Treinta y un días por delante que, año tras año, se llevan el título de los más vacacionales del calendario.

En Lanzarote y La Graciosa el turismo lo llena todo: playas abarrotadas, terrazas repletas, hoteles sin camas libres.

Lo curioso es que, aunque hay más gente, el gasto no acompaña. El bolsillo aprieta incluso cuando el sol afloja.

Pero hoy no quiero hablar de turistas ni de consumo. Quiero hablar de celos.

Porque agosto, aunque no lo parezca, nació de un ataque de celos.

El octavo mes del calendario debe su nombre al emperador romano Octavio Augusto. Su tío, Julio César, ya había inmortalizado el suyo en julio.

Y Augusto, que de poder iba sobrado pero que carecía de modestia, decidió que él también merecía su propio espacio en el almanaque.

Celos imperiales, pura competencia familiar.

Así que cada vez que el calendario marca agosto, no vemos días, vemos celos: treinta y uno, para ser exactos.