
Esta mañana, mientras hacía mi caminata diaria por Puerto del Carmen, me topé con una señal.
No crean que fue fácil verla: estaba oculta, como un secreto mal guardado, tras la sombra espesa de un flamboyán que parecía empeñado en mantenerla fuera de la vista.
Indicaba, con ese gesto autoritario que tienen las señales, que había que ir hacia la izquierda.
Obligatorio.
Uno diría que es pura cuestión de tráfico, pero conociendo a Pepe Juan, alcalde socialista de la localidad y viejo zorro de la política, uno empieza a sospechar si no habrá algo de mensaje subliminal en el asunto.
El caso es que aquel disco metálico escondido me hizo pensar.
Cuántas señales, advertencias o mensajes tenemos delante de las narices y ni los vemos.
No hablo sólo de tráfico, sino de la vida misma: oportunidades que dejamos pasar, avisos de peligro que ignoramos, caminos que no tomamos porque no levantamos la vista del suelo.
Así que, aunque estemos en verano y el sol nos amodorra la vista, valdría la pena mantener los ojos bien abiertos.
No vaya a ser que la próxima señal que ignoremos sea la que podría habernos ahorrado un problema… o regalado una aventura.