
Aunque uno haya nacido en secano y lo más verde que hayamos tenido sea el bosquecillo —ese suspiro de árbustos en la montaña de Haría—, no deja de doler ver los incendios que se comen España.
Duele imaginar a quienes tienen que dejar atrás su casa, sus recuerdos, sus cosas.
Duele más —mucho más— pensar en los que pierden a un ser querido, tragado por el fuego.
Eso no se olvida.
No se cura.
Desde esta isla, tierra también de fuego, va un abrazo solidario y toda la suerte del mundo para los que pelean contra las llamas.