El olivo.

En mi casa tengo un olivo.  

Me gusta detenerme a mirarlo cada mañana.

Da una extraña seguridad pensar que, mientras el mundo se tambalea, ese tronco nudoso sigue ahí, inmóvil, desafiando al calendario. 

No sé dónde germinó por primera vez ni en qué pedazo de tierra hundió sus raíces; pero puedo imaginarlo resistiendo sequías implacables, fuegos caprichosos o tormentas que a otros habrían tumbado. 

Sin embargo, sigue firme: áspero, robusto, arrugado como la piel de un veterano que ha sobrevivido a demasiadas batallas.

Lo compré en Fuerteventura. Allí sobrevivía por instinto vegetal.

Alguien escribió en su día que «el olivo es el árbol que nunca muere» y seguro que tenía razón.

Contemplarlo cada mañana es una lección silenciosa de paciencia, resistencia y dignidad