
Ese sitio donde tiramos trastos que ya casi ni miramos.
Ese rincón polvoriento.
Ese garaje que parece muerto… es, paradójicamente, una fuente de inspiración.
En Lanzarote, por cómo son nuestras casas terreras, es fácil encontrar uno en cada hogar.
Para algunos es solo un hueco para aparcar o guardar cajas. Para otros, un escape.
En espacios así, diáfanos como una página en blanco, han nacido historias.
Como la nuestra… la del grupo Aloe.
Era un garaje de treinta metros cuadrados. Nada más y nada menos.
El día que lo vi me pareció una catedral.
No sé qué uso tendrá ahora.
No sé si guarda coches o fantasmas.
Lo que si sé es que, de cuando en cuando, regreso al barrio de Maneje, en Arrecife, a mirar, a oler, a tocar con los ojos el lugar donde empezó todo.