
Fue mi primer maestro de inglés.
Lo veo todavía: pizarra detrás, tiza en mano, y la frase de siempre, como si fuera la contraseña para entrar a su mundo:
“Good morning, children, open de book…”
Tenía sed. Y hambre.
De saber, de enseñar, de discutir.
De tener razón, o de reírse si no la tenía.
Erudito por acumulación.
Entusiasta por contagio.
Incansable por costumbre.
Fue el primer alcalde de mi municipio elegido en democracia.
Y el primero en irse sin que lo echaran.
Se fue porque quiso.
Porque dijo “basta” y se obedeció a sí mismo.
Nunca dejó la política.
La política tampoco lo dejó a él.
La política es así: vieja amante que sabe dónde vives y tiene copia de la llave.
El campo de Lanzarote le debe mucho. Sobre todo, el mundo de la vid.
Últimamente hablaba de enología como otros hablan de Dios o de goles.
Y uno, escuchándolo, bebía con las orejas.
La Fundación José Clavijo y Fajardo, que presidía, ahora queda huérfana.
Y no es huérfana cualquiera:es de las que se quedan mirando la puerta por si el padre vuelve.
Yo me quedo con su imagen de siempre:
hombre vivaracho, incombustible, que encontraba un hueco para soltarme, con media sonrisa:
“¿Cómo va la cosa, Martinito?”
Hoy me dicen que Juan Santana de León ha muerto.Y yo sólo puedo decir una cosa:
Gracias, maestro.
Descansa en paz.