Arranchar.

El otro día, charlando con un amigo graciosero, se me escapó una de esas palabras viejas, de las que ya casi nadie usa.

Una palabra que ya no se dice, que ya ni se oye, porque ahora todo tiene su traducción al inglés, su versión cool.

Conversábamos del transporte entre las dos islas, de los barcos, de lo bien arranchadas que van ahora las cosas.

Arranchadas, fíjate tú: palabra con olor a salitre, a cabo, a soga. 

Y pensé: no sólo en los barcos, también en la vida conviene tenerlo todo arranchado, bien puesto, porque cualquier ola, cualquier ola tonta, te revuelca y te deja boca arriba, boqueando.

Me gustan esas expresiones náuticas: son herramientas del idioma, pero también juguetes del habla, brújulas de bolsillo.

Sirven para decir con dos palabras lo que otros necesitan dos párrafos: que la vida es mar y el mar es metáfora.

Así que ya lo sabe usted: contra viento y marea, navegue a toda vela con rumbo determinado.

Porque lo peor que nos puede pasar —en la mar o en tierra— es que perdamos el norte.