
Esta semana me reencontré con Feliciano Luzardo.
Lo encontré como siempre: inclinado sobre sus macetas, entregado a la paciencia infinita de quien ha vivido en contacto con la tierra, en su casa del pueblo de Máguez.
Noventa y dos años lo contemplan, y aún conserva una lucidez que muchos envidiarían.
Hombre de campo. Su cuerpo arrugado y sus manos duras de labrador son el mapa exacto de una existencia marcada por el trabajo.
Pero no es un hombre cualquiera.
Fue jardinero de César Manrique, uno de los artesanos que acompañaron al artista en la creación de los Centros de Arte y Cultura del Cabildo de Lanzarote.
Su casa es un vergel, y su huerto, un testamento de amor por la naturaleza. Las plantas lo aman tanto como él las ama a ellas.
Me contó cómo introdujo en la Cueva de los Verdes las llaneras que todavía hoy dan la bienvenida a los visitantes.
La historia es sencilla y hermosa: un día, en casa de su vecino Antonio Doreste, vio una de esas plantas espectaculares y pidió un hijuelo.
Sesenta años después, los descendientes de aquella primera llanera siguen saludando a cada persona que entra en la gruta volcánica.
Feliciano sabe qué planta puede aclimatarse y cuál no. Es un libro abierto. Un libro que alguien debería escribir antes de que se pierda toda su sabiduría.
Lo visitaré de nuevo pronto: siempre se aprende de él. Aunque lleve años retirado, los Centros Turísticos de Lanzarote siguen latiendo en su corazón.
Entre sus plantas descubrí, con alegría, unos aloes magníficos, erguidos y orgullosos, como si también ellos fuesen guardianes de una memoria que no merece perderse.