Paquita.

Me llevé una grata alegría estos días al ver que una mujer entrañable —de esas que dejan huella sin pretenderlo— recibía una distinción con motivo del Día de la Mujer Rural en el municipio de Haría.

Paquita formó parte, de una u otra manera, de la infancia y la juventud de todos los que nos criamos en Máguez entre los años setenta y finales del siglo pasado. 

Era esa mujer cercana, casi de la familia, que nos atendía con paciencia y sonrisa detrás del mostrador de la tienda que antes había regentado su padre, don Juan Villalba.

De don Juan Villalba guardo una imagen precisa, como una fotografía amarillenta que se resiste al olvido: llenando botellas de petróleo con una pequeña bomba que extraía el líquido de los bidones almacenados en un cuarto oscuro, oloroso y secreto.

Tenía ese aire callado y eficaz de los hombres de antes, los que trabajaban sin hacer ruido.

Pero si vuelvo a Paquita —y vale la pena hacerlo—, diré que siempre ha sido una mujer afable, de carácter dulce y firmeza discreta, con una vocación de servicio público que hoy, por desgracia, empieza a escasear.

Siempre dispuesta, siempre atenta, siempre con ese modo de mirar el mundo desde la generosidad y el deber, como si atender a los demás fuese una forma de oración.

Entre los muchos recuerdos que se me agolpan, hay uno que me resulta especialmente entrañable: la vieja libreta que guardaba en uno de los cajones del mostrador.

Allí apuntaba los fiados. Eran otros tiempos, tiempos de palabra y confianza. Bastaba con que uno dijera:
—“Paquita, que dice mi madre que se lo apunte.”

Y aquello, créanme, era palabra de Dios.

No hacían falta contratos ni firmas.

Porque entonces la palabra valía tanto como un documento notarial y la confianza era la moneda más sólida del pueblo.