
Ayer estuve en un taller.
Pero no en un taller cualquiera, sino en uno donde se respira oficio, humildad y una serenidad antigua que ya escasea.
Un taller donde el aire huele a paciencia y a hilo recién cortado.
Entre telas que parecían susurrar secretos y agujas que esperaban su turno como soldados de plata, allí estaba Violeta.
En ese rincón doméstico convertido en santuario, ella es dueña del silencio y del oficio.
Allí se mueve como quien regresa al lugar donde todo cobra sentido; su refugio, su territorio natural.
Violeta es una mujer que entiende el valor de lo que no debe perderse.
Ama las tradiciones, las raíces, los gestos que nos recuerdan quiénes somos.
Ha hecho de su labor una forma de resistencia: mantener viva una parte esencial de nuestro patrimonio etnográfico, cuando todo alrededor parece empeñado en olvidarlo.
Ver sus manos en movimiento es asistir a un diálogo entre pasado y presente. En ellas están las de tantas artesanas de esta isla que, con paciencia y constancia, sostienen día tras día los signos que nos definen como pueblo.