
Desde que el tiempo es tiempo —y quizá antes, cuando aún no tenía nombre— nos inventamos artefactos para decir lo que sentimos.
Palos para señalar, piedras para insistir, palabras para existir.
El ser humano, más que bípedo, mamífero o pensante, es un animal que habla: todo en nosotros es comunicación.
Apenas asomamos la cabeza al mundo, lo primero que hacemos no es respirar: es decir algo. Un llanto —primera declaración universal— anuncia que estamos aquí, que hemos llegado, que estamos dispuestos a comenzar la aventura.
Después vendrán las palabras, los gestos, los silencios, las miradas: el gran repertorio, el maravilloso arsenal.
Tenemos tantos lenguajes como maneras de sentir.
Lenguajes para pensar, para callar, para pedir, para soñar.
Y uno de esos lenguajes —uno que no necesita voz para hacerse oír— es el que ha usado Nicole, una danesa que vive en Alemania, para hablar de nuestros productos.
Ella no habla: dibuja en el aire.
No pronuncia: traduce lo invisible.
Usa el lenguaje de signos, ese idioma sin sonido que revela lo esencial.
Porque, por suerte, todos venimos con algo que nos permite decir lo que pensamos.
Algunos hablan. Otros escriben.
Nicole, en cambio, convierte el silencio en palabras.
Y eso, créanme, es una maravilla.