
Hace unos días me acordé de un libro que leí hace tiempo de Arianna Huffington. La mujer que fundó el Huffington Post.
En ese libro hay una metáfora que se me quedó clavada como un post-it mental.
De esos que no se despegan aunque quieras.
Dice algo así:
En la sabana, un león detecta a un grupo de gacelas tranquilas, pastando bajo el sol. El felino se lanza, y la estampida es inmediata: pezuñas golpeando la tierra, polvo en el aire, vida y muerte separadas por un suspiro.
Finalmente el león derriba a una de ellas —la más lenta, la más distraída, la que tuvo la mala suerte de estar donde no debía— y mientras afila los colmillos para su festín, las demás gacelas dejan de correr y vuelven a pastar.
Ya está… dejan de correr y se detienen.
Sin terapia.
Sin darle vueltas.
Sin arrastrar el susto durante tres meses (o tres años).
Nosotros no.
Nosotros seguiriamos corriendo aunque el león esté durmiendo la siesta en otra parte.
Vivimos con el miedo en el cuello, con la mente en alerta, con el cuerpo en tensión constante.
Nos agotamos solos.
Igual toca aprender algo de esas gacelas.
Parar.
Respirar.
Volver a poner la boca en la hierba —o en lo que toque en tu vida— y disfrutar.
Sin tanto drama.
Tal vez lo más valiente no sea correr más.
Tal vez lo más valiente sea detenerse.