
Desde hace unos años hemos decidido celebrar la Navidad donde realmente se entiende lo que somos: en nuestra propia casa.
Entre paredes que conocen nuestras dudas, nuestros errores y nuestras pequeñas victorias diarias.
No hay mejor escenario para compartir un rato distendido que el lugar donde, cada día, nos ganamos el futuro.
El punto de encuentro no es casual.
Es donde la materia se transforma, donde el trabajo silencioso de muchas manos se convierte en productos que hablan de nuestra tierra y de nuestra manera de estar en el mundo.
Este año, que está a punto de acabar, cumplimos 18. La mayoría de edad. No solo en años, también en cicatrices y aprendizajes.
Hemos pasado de ser un proyecto ilusionado a una empresa adulta.
Hemos aprendido a aguantar golpes, a adaptarnos cuando el entorno cambia y a no dejar de creer en lo que hacemos.
Sin embargo, lo mejor de este camino no son las fechas ni las cifras. Lo mejor ha sido la gente.
El equipo humano que ha estado ahí, turno tras turno, día tras día. Ese tesoro invisible que no sale en las etiquetas ni en los folletos, pero que sostiene la casa entera.
Gracias a ellos sabemos que, mientras sigamos juntos, siempre habrá un motivo para brindar y un horizonte al que avanzar.