Venezuela.

Ayer me preguntó una compañera de trabajo por qué no había escrito nada sobre lo ocurrido en Venezuela.

Le respondí que muchas veces opinar rápido suele salir caro.

Al principio todo se presenta de forma sencilla: blanco o negro, buenos y malos.

Pero el tiempo —que suele ser el único juez fiable— introduce el gris. Mucho gris.

Desde fuera es fácil hablar de legitimidad o de ilegalidad. Desde dentro, los países no se mueven por valores, sino por intereses.

No es cinismo. Es la lógica desnuda del poder y la constante de la historia.

Ningún sistema cae de un día para otro, tiene su proceso.

Se degrada. Se retuerce… y finalmente se derrumba.

El poder, como la fruta, cuando se pasa de madura, no cae. Se pudre.