
Criticar: ese verbo tan nuestro, tan bien conjugado y tan poco pensado.
Se critica cuando se hacen las cosas mal, como es natural, pero también cuando se hacen bien, no vaya a ser que alguien destaque sin permiso.
Lo importante no es el motivo, sino el gesto.
Criticar por sistema. No dejar títere con cabeza y, si queda alguno en pie, darle también.
Con o sin razón —detalle menor en estos tiempos— la crítica se ha instalado cómodamente en el discurso cotidiano.
Es un ruido de fondo permanente, una especie de banda sonora nacional que acompaña cualquier iniciativa, por mínima que sea.
Aquí nadie se salva: el que no hace nada, por inútil; y el que hace algo, por sospechoso.
Estos días he asistido, con cierta perplejidad, al linchamiento de un alcalde lanzaroteño por la temeraria osadía de comprar unos décimos de lotería.
Décimos pagados, conviene repetirlo para los despistados, con dinero salido de su propio bolsillo. Y que, en el improbable caso de que la suerte sonriera, se repartirían entre los vecinos del municipio.
Un gesto simple.
Demasiado simple, quizá, para una sociedad que desconfía incluso de los actos gratuitos.
La ocurrencia no es nueva. Pero ha sido ahora cuando el murmullo se ha convertido en aullido, cuando la sospecha ha encontrado su presa y la crítica su excusa.
Porque aquí no se trata de hechos, sino de intenciones, y siempre hay quien está dispuesto a leer segundas, terceras y cuartas intenciones donde apenas hay un gesto.
Para gustos, colores.
Pero la libertad individual de un ciudadano para hacer con su dinero lo que le venga en gana debería estar fuera de toda discusión.
Sin embargo, en esta tierra hasta eso parece intolerable.
Y así seguimos: desconfiando de todo, criticándolo todo, erosionándolo todo.
Luego nos preguntamos por qué no queda nada en pie.