
Para quienes aún conservamos la costumbre de nombrar el mundo con palabras propias, ha sido un soplo de aire limpio escuchar la última canción de Quevedo.
Confieso que apenas lo conozco.
Su música no frecuenta mis listas, su estilo, admito, no es el que me define.
Pero una cosa no excluye la otra: hay que saber quitarse el sombrero cuando alguien acierta.
Y este muchacho ha acertado.
Primero, porque ha logrado algo nada sencillo: llamar la atención de quienes no lo seguíamos, obligarnos a detener el paso y prestar oído.
Y segundo —lo más importante— porque ha puesto en pie, con naturalidad y sin complejos, palabras que son carne y memoria del pueblo canario.
“Ni borracho” se ha convertido en bandera para una parte de la juventud isleña que reconoce en él a un ídolo cercano, alguien que habla como ellos hablan y siente como ellos sienten.
Y en esa identificación hay algo más que una melodía pegadiza: hay orgullo, pertenencia y una forma de estar en el mundo.
Magua me da —y lo digo saboreando la palabra— no tener la edad de esa muchachada que vibra con un poeta urbano de nuestro tiempo llamado Quevedo.
Un Quevedo que nació cuatro siglos después de aquel otro, el del Siglo de Oro, don Francisco, que manejaba el idioma como una espada.
Distintos siglos, distintas trincheras, pero la misma batalla eterna: la de las palabras.