León.

En la sabana, un león nace sin saber que un día será rey.

La autoridad allí​, no se proclama: se conquista. Y se sostiene.

En junio llegará a Canarias un León vestido de blanco.

No trae colmillos ni viene con ejército.

Su ​poder es de otra naturaleza: la palabra, el símbolo, la conciencia.

Un poder más frágil en apariencia, pero capaz de incomodar a gobiernos y remover silencios.

Cuando llegue al Archipiélago, besará una tierra acostumbrada a la hospitalidad y al ​olvido.

Pisará un territorio que ha mirado de frente, casi en soledad, el drama persistente de la inmigración.

Este león no administra fronteras​, ni firma decretos migratorios.

Pero su presencia no es inocente.

Cuando un pontífice viaja a un lugar como este, no lo hace para la fotografía.

Lo hace para señalar.

Y señalar, en política y en historia, es una forma de tomar partido.

Porque ser rey — en la sabana o en Roma — no consiste únicamente en ocupar un trono.

Consiste en recorrer el territorio, asumir el peso de lo incómodo y mirar donde otros prefieren apartar la vista.

Y a veces, eso basta para que se actúe.