Tajasnoyo.

Ahora, cuando Lanzarote aún respira la humedad que dejaron las generosas lluvias de enero, nuestro campo se ofrece sin reservas.


Hay un lugar donde esa belleza se vuelve extraordinaria: las laderas y montañas del municipio de Haría.


Allí, bajo la sombra del risco de Famara y en los valles que se descuelgan por el norte de la Isla, late la mayor concentración de vida singular de Lanzarote.


Dicen que hasta el noventa por ciento de los endemismos de la isla encuentra cobijo entre esos pliegues de roca y viento.


De entre todos ellos, quiero hablarles de uno que siempre me ha fascinado: el tajasnoyo, Ferula lancerottensis.


Es una planta herbacea, nacida para resistir, endémica y soberana de Lanzarote.


Su nombre, sin embargo, arrastra una segunda vida.


En boca de nuestras madres, “pareces un tajasnoyo” no era un elogio botánico, sino una orden encubierta: espabila.


Era la forma isleña de sacudir al distraído, al que andaba en las nubes, al que hacía el bobo sin darse cuenta.


Llamar a alguien tajasnoyo quizá sea reprocharle su aturdimiento.

Pero mirar de cerca su flor obliga a otra cosa: a reconocer que incluso en lo que parece torpe o desgarbado puede esconderse una belleza obstinada, que solo espera ser descubierta.