Anillo

Nunca he sido amigo de llevar joyas. No es cuestión de virtud ni de austeridad, simplemente no me interesan.

Sin embargo, desde hace muchos años hay algo que siempre me acompaña: un reloj.

No por vanidad, sino por disciplina.

El reloj tiene una virtud que el ser humano olvida con demasiada facilidad: nos recuerda que el tiempo pasa, y que cada segundo que se escapa no vuelve jamás.

Tenemos una extraña obsesión por medir. Medimos el peso, la distancia, la velocidad, el rendimiento… casi todo.

Y no es una mala costumbre. Medir sirve para orientarse, para corregir el rumbo cuando uno se desvía o para confirmar que, pese a todo, sigue avanzando en la dirección correcta.

Hasta ayer no conocía un nuevo sistema de medición. No es bisutería, aunque lo parezca.

Se trata de un anillo.

Un invento europeo, finlandés, que está revolucionando el campo de las mediciones aplicadas a la medicina.

A simple vista es discreto, casi insignificante.

Pero dentro de ese pequeño círculo de metal habita una tecnología capaz de medir algo tan escurridizo como la calidad del sueño.

Y eso, créanme, no es un detalle menor.

Sobre todo en estos tiempos en los que el mundo parece empeñado, día tras día, en quitarnos precisamente eso: el sueño.