Infelices.

No, no se puede ser infeliz en Haría.

O al menos, no de la manera en que pretenden convencernos.

Resulta que una empresa —con nombre extranjero y vocación estadística, Sonneil Homes— ha decidido que este rincón del norte de Lanzarote es el lugar donde habita la infelicidad.

Uno lee eso y no sabe si reír o resignarse.

Haría no es un dato.
Haría es un paisaje.

Un lugar donde la tierra aún conserva dignidad, donde el silencio no es incómodo y donde el tiempo no corre, sino que se posa.

En este municipio la naturaleza no es decorado, es presencia. Y quien no entienda eso, difícilmente entenderá nada.

Es cierto: aquí no hay grandes espectáculos ni estridencias. No las necesita.

Haría no compite por llamar la atención; simplemente existe, con esa obstinación tranquila de los lugares auténticos.

¿Carencias? Por supuesto.

Pero confundir carencias materiales con infelicidad es una simplificación tan pobre que casi resulta ofensiva.

Porque si algo define a Haría —más allá de su geografía— es su gente. Personas que aún conservan algo que en otros lugares se ha perdido: el trabajo sin ruido​ y la hospitalidad sin cálculo.

César Manrique lo supo.
No vino aquí por error ni por capricho.

Vino porque hay lugares que no se eligen: te eligen.