
El domingo aterrizamos en Barcelona con una idea clara: aprender.
Y sí, aprender aprendimos.
Pero también íbamos con algo bajo el brazo. Nuestro pan. Nuestro trabajo. Nuestra manera de hacer las cosas.
Alimentaria bajó hoy el telón jueves… Dos años hasta la siguiente.
Ya estamos apuntados. Porque hay sitios a los que no se vuelve por costumbre, sino por convicción.
Escuchar a Enrique Tomás —un tendero, como él se define— fue uno de esos momentos que justifican un viaje entero. Gente que ha entendido algo esencial: vender no es despachar, es tener identidad.
Pero lo verdaderamente importante no estaba en él.
Estaba en lo nuestro.
Ernesto. Amigo y compañero. Argentino de nacimiento, canario por adopción y por carácter. Se plantó delante de un auditorio atento —de esos que no regalan nada— y habló.
Y no habló para gustar. Habló para contar.
La cerveza Vulcanaloe.
Cómo se hace, sí. Pero, sobre todo, por qué merece existir. Y cuando alguien explica eso con verdad, no necesita adornos. La gente escucha. Y entiende.
Hay proyectos que nacen débiles y mueren rápido.
Y hay otros que nacen con intención de quedarse.
Este es uno de esos.
Me vuelvo con la sensación clara de que vamos por el buen camino.
Y con algo que no se compra: el orgullo de saber con quién caminas.