Estampío.

Hoy, durante el almuerzo, reapareció una de esas palabras que uno creía relegadas al fondo del idioma, como viejos útiles guardados en un cajón que nadie abre.

Hablábamos, sin más misterio, de la Semana Santa, cuando alguien soltó, casi sin darse cuenta: “En La Graciosa va a haber un estampío de gente impresionante.”

Y ahí estaba: estampío.


Esa palabra que en Canarias no hace falta explicar pero que, si uno se pone fino, viene a ser una multitud apretada, una aglomeración con alma, no un simple “mucho”, sino un “demasiado” con cuerpo y calor humano.

Bendita palabra.

Lo curioso —o lo preocupante— es comprobar cómo términos así se van perdiendo, erosionados por la costumbre de hablar cada vez más plano, más uniforme, como si el idioma tuviera que someterse a una suerte de disciplina global que todo lo simplifica y lo iguala.

La globalización, ya se sabe, no solo arrastra mercancías: también se lleva palabras por delante.

Mientras escuchaba, no pude evitar sonreír.

Porque “estampío” no es solo gente; es también sonido.

El estampío seco de un volador rompiendo el cielo, el golpe rotundo de una puerta cerrada sin contemplaciones. Palabras que no describen: golpean.

Entre cuchara y cuchara pensé que, a pesar de todo, algo nos queda.


Que, aunque sea entre bambalinas, en conversaciones distraídas y sin pretensión, estas palabras siguen latiendo.

Y al latir, nos devuelven —aunque sea por un instante— a un tiempo en que decirlas era lo más natural del mundo.

Y que quizá aún no las hemos perdido del todo.