
Conozco a Paula desde que era una chinija.
Con su familia siempre me unió algo más que el trato: una cercanía de las que no se explican, simplemente se viven.
Nadie habría imaginado entonces que, años después, el destino —caprichoso como acostumbra— nos colocaría en la misma trinchera profesional.
Recuerdo perfectamente el día en que cruzó la puerta como promotora de ventas.
Llevaba los nervios en la mirada, pero también esa determinación silenciosa que no se aprende.
Cumplió. Y cumplió bien.
El tiempo, que pone a cada cual en su lugar, la llevó después a la Central. Allí cambió el mostrador por la mirada exigente del equipo de calidad.
Y fue entonces cuando lo vimos claro: no era una más, era un diamante en bruto.
Han pasado más de diez años. No es poco.
Hoy no se despide: dice “hasta luego”, como hacen quienes dejan huella.
Porque la vida —ya lo sabemos— es una sucesión de etapas, y hay que tener el valor de cerrarlas a tiempo.
Paula se marcha sabiendo que esta siempre será su casa.
Aquí deja algo más que trabajo: deja respeto, orgullo compartido y la huella limpia de quien ha sabido crecer junto a otros.
Deja también algo difícil de medir: complicidad, aprendizaje mutuo, la sensación de haber construido algo entre todos.
Después de tanto tiempo, a Paula no solo le corre sangre por las venas. También algo de aloe.
Porque entendió este negocio desde dentro, con esa mezcla de intuición, carácter y lealtad que no abunda.
Suerte, Paula. Buen rumbo. Y hasta siempre, amiga.