Peluqueros.

No sé por qué, hoy, sin aviso ni motivo aparente, me han vuelto a la memoria mis primeros peluqueros.

Es extraño, porque hace ya muchos años que no piso ni aquellas barberías de antes, ni estas peluquerías modernas.

Y, sin embargo, ahí estaban, uno tras otro, como si hubieran estado aguardando pacientemente en algún rincón de la memoria.  

El primero fue Zenón Luzardo, barbero de los de toda la vida, de manos firmes y oficio antiguo. Me subía a un taburete colocado sobre la silla —ingeniería humilde— para poder manejar con soltura el peine y la tijera.

Yo, condenado a la quietud, asistía resignado al despojo de mis rizos, y rara era la vez que no salía de allí entre lágrimas o con un enfado oscuro, como quien ha sufrido una injusticia irreparable.

Luego estaba Juanita Rivera. Costurera y peluquera por vocación o necesidad. Su casa era un híbrido delicioso: mitad salón, mitad sastrería, mitad peluquería.

Me pelaba entre telas, hilos y patrones, y el sonido de las tijeras competía con el de la máquina de coser, en un duelo doméstico de acero contra acero.

Y en la adolescencia apareció Ladislao, el mudo de Haría.

Mudo, sí, pero no por ello callado del todo: hablaba con los ojos, con las manos, con ese gesto torcido que era media conversación.

Era de una inteligencia afilada. No se le escapaba nada, ni un rumor, ni una noticia, ni una traición capilar.

Porque si yo me atrevía a poner mi cabeza en manos de otro, Ladislao no me retiraba la palabra —no podía—, pero me lanzaba una mirada que era puro reproche, una especie de discurso silencioso que dolía más que cualquier regaño.

No sé por qué hoy han regresado todos ellos.

Tal vez la memoria tiene sus propios caprichos, sus deudas pendientes.

Lo cierto es que, al recordarlos, he sentido algo parecido a la gratitud.