Majalulos.

Majalulo. Palabra con doble vida.

Primero, la cría del camello, que aún mama y aprende.

Después, el humano que ya no mama… pero tampoco aprende.

En Canarias, ambos existen. Pero hoy hablamos del segundo.

El majalulo moderno no pasta en el desierto. Opina. Señala. Juzga. Todo rápido, todo limpio. Todo sin esfuerzo.

El relato es perfecto: dromedario ​humillado, camellero condenado, y quien acusa, automáticamente redimido.

Solo que falla en un detalle: la realidad.

Porque el camello, aquí, no es atrezo. Es raíz.

Sin él, Lanzarote no sería Lanzarote. Fue pata, fuerza y paciencia en una tierra donde nada era fácil. 

Ayudó a arar, a cargar, a resistir. A construir, paso a paso, el paisaje que hoy se contempla.

Pero eso no cabe en un discurso rápido. No interesa.

Así que simplificamos:
​camello igual a sufrimiento,
​camellero igual a verdugo,
y el majalulo digital, héroe de saldo.

Curiosa moral: salvar al animal… aplastando al hombre.

Se habla de bienestar animal. Perfecto.
Pero inventar, exagerar o acusar sin pruebas no es proteger. Es otra cosa.

Y también tiene nombre.

Majalulo, por ejemplo.