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  • Mongomo.

    Hasta anoche, no tenía ni idea de dónde estaba Mongomo.

    El nombre me sonaba más a plato humeante que a ciudad.

    Pero hoy sé que se trata de la tercera urbe en importancia de Guinea Ecuatorial, lo cual no es poco, y que allí también hay niños, canchas de baloncesto y hombres decentes.

    Me lo mostró un buen amigo, Iván Fernández, con esas fotos que a veces dicen más que cualquier discurso: niños y niñas balón en mano, jugando, aprendiendo, soñando.

    Cada año, este conejero generoso viaja hasta ese rincón africano con una convicción que no sale en los periódicos: enseñar lo que vale la pena, educar desde el esfuerzo y la dignidad, acompañado por la Fundación Martínez Hermanos.

    Y sí, nos emocionó ver nuestras camisetas —las de Aloe Plus Lanzarote— sobre esos cuerpos pequeños y valientes.

    Era como si, por un momento, Lanzarote y Mongomo se dieran la mano en mitad de una cancha en el ecuador africano.

    Quizá convenga recordar aquí lo que decía Séneca: “Allí donde hay un ser humano, hay posibilidad de hacer el bien.”

    O como escribiría otro sabio menos estoico: “El que da, da dos veces, si lo hace con alegría.”

  • Margarona.

    Siempre que regreso a La Graciosa paso frente a su casa. 

    Si la puerta está entreabierta, como ocurre casi siempre, entro a saludarla. 

    Ella suele estar ahí, sentada en su silla del zaguán, como quien vigila la historia desde su esquina. 

    Me reconoce en segundos. La memoria no le falla: Margarona sigue tan lúcida como cuando gobernaba con temple y ternura esta tierra salada.

    A sus casi ochenta años, conserva esa mirada intensa, casi hipnótica, capaz de atravesarte en silencio. 

    Una mirada que dice más de lo que calla. Quien la sostenga por un momento comprenderá que en esos ojos habita la trayectoria de toda una isla: la lucha diaria, las transformaciones, los desafíos de un territorio pequeño en mapa pero inmenso en identidad.

    La conocí siendo apenas un chinijo. Ella atendía tras el mostrador de su tienda de aceite y vinagre, que era también punto de encuentro, de consejos, de rumores. 

    Apenas crucé la puerta, me miró y dijo: “Tú eres nieto de María Martín, de Haría, ¿verdad?” Tenía ese don para reconocerte sin haberte visto antes. Era como si llevaras el árbol genealógico escrito en la frente.

    Durante casi tres décadas fue la máxima representante de La Graciosa. La alcaldesa pedánea. La voz firme y maternal de una isla que entonces carecía de lo más básico. 

    Su etapa marcó el tránsito de un pueblo de pescadores a un enclave cada vez más vinculado al turismo. Pero ella nunca cambió. Siempre fue vecina antes que autoridad.

    Cuando le pregunto cómo está, responde con su clásica energía: “Bien, aunque las rodillas ya no me obedecen como antes.” Y sonríe con esa mezcla de humor y coraje que tanto la define.

    Hoy, una calle de Caleta de Sebo lleva su nombre. Y es justo. Porque Margarona no solo forma parte de la historia: es la historia. Representa el liderazgo en su forma más pura, ese que no busca reconocimiento pero deja huella. 

    Hay quienes, al referirse a ella, hablan de Juana de Arco. Y no les falta razón. Como la heroína francesa, fue mujer en un mundo de hombres. Se plantó, mandó, decidió y defendió. Sin espadas ni armaduras. Con la palabra. Con la determinación. Con ese instinto certero que tienen algunas mujeres que, sin buscar gloria ni estatua, terminan siendo el único bastión entre su pueblo y el olvido. 

    A Juana de Arco la quemaron. A Margarona la honramos. Pero ambas, a su manera, encendieron una antorcha.

    Y mientras ella siga sentada en ese zaguán, la historia seguirá viva en La Graciosa. Porque hay personas que no son pasado: son memoria activa, faro encendido.

    Me despido de ella sabiendo que cada encuentro con Margarona es una lección de memoria, de arraigo y de valentía.

  • Redistribuir el esfuerzo.

    Esta mañana, mientras venía en el coche, una voz en la radio pronunció una frase que desde entonces me persigue como una canción pegajosa: «hay que distribuir el esfuerzo».

    Me pareció brillante en su sencillez. 

    Certera.

    Redistribuir el esfuerzo no es un eslogan bonito. Es una propuesta revolucionaria. Que cada uno asuma su parte.

    Que no esperemos que todo lo resuelva “el sistema”, como si el Estado fuera una app de servicios infinitos, sin límites ni costes.

    El maná, si alguna vez existió, se acabó hace tiempo.

    Lo que tenemos hoy es otra cosa: la era del menor esfuerzo.
    Vivimos en un entorno que premia lo rápido, lo fácil, lo inmediato.

    Todo lo que implique espera, trabajo sostenido o sacrificio personal tiende a ser descartado por incómodo o “anticuado”.

    Pero sin esfuerzo compartido no hay estructura que aguante.
    Y sin estructura no hay crecimiento.
    Sin crecimiento no hay innovación.
    Y sin innovación, el futuro se detiene.

    Lo preocupante no es solo la falta de esfuerzo. Es que lo hemos convertido en virtud. En ideología.

    Hemos romantizado la pasividad y penalizado al que se esfuerza, al que arriesga, al que construye.

  • La alemana que nos cautivó.

    Dicen que todo final es, en realidad, un principio encubierto. 

    Que cuando se cierra una puerta —incluso la de una tienda—, se abre otra que da a horizontes más tranquilos: una silla al sol, un libro sin prisa, un café caliente sin relojes al acecho.

    Esta semana Sabine se nos prejubiló, sí. Pero no se va del todo. 

    Porque quienes han hecho bien su trabajo, y además lo han hecho con elegancia, nunca se van del todo. 

    Esta compañera deja atrás mucho más que un hueco en nuestra tienda de La Laguna: deja ejemplo, profesionalidad y una forma de estar que no abunda.

    Nos decía ayer que esperaba haber dejado una pequeña huella de luz. Y yo te digo —sin retórica ni zalamería— que esa luz no fue pequeña. 

    Que tu presencia fue, durante todo este tiempo, una constante serena. Una voz que hablaba idiomas, sí, pero sobre todo entendía personas. 

    Has dejado marca. De la buena. De la que no se borra cuando se baja la persiana.

    Porque tú no solo vendías productos. Vendías confianza. Seguridad. Y eso no hay catálogo que lo enseñe ni curso que lo explique.

    En estos tiempos grises, donde todo corre y casi nadie se detiene a mirar a los ojos, tenerte en el equipo fue una fortuna. 

    Por tu trabajo impecable, sí. 

    Pero también por tu manera de ser: firme sin arrogancia, amable sin esfuerzo, generosa sin aspavientos. Con ese acento tuyo que no sabíamos ubicar, pero que siempre sonó cercano.

    Dices que te dimos una oportunidad. No sé si nosotros te dimos una oportunidad. Lo que sí sé es que tú la aprovechaste como pocas lo harían.Y eso no se olvida.

    Porque no basta con entrar en un lugar; lo importante es dejar huella al salir.

    Ahora empieza otra etapa. Tuya. Solo tuya.
    Te la has ganado a pulso.

    Aquí seguimos los demás, claro.
    Con algo de nostalgia, sí. Pero también con la tranquilidad de haber trabajado con alguien que ha dejado el listón alto.

    Muy alto.

    Te deseamos salud, tiempo de calidad y todo lo bueno que mereces.  

  • 168 horas.

    Siete días. Con sus noches. Y me bastó.

    Siempre tuve reparos con Colombia.
    Cuando alguien lo mencionaba, mi cabeza se iba directa a imagenes de violencia, drogas, clichés.
    Lo de siempre.

    Y resulta que, como pasa tantas veces en la vida, estaba equivocado.

    El país del realismo mágico, cuna de García Márquez y de Botero, está viviendo una nueva etapa.

    Su gente  no quiere heredar ni el miedo, ni el plomo del pasado.

    Colombia es otra cosa.
    Es un país que no solo te recibe, te abraza.
    Con gente amable, trabajadora y con una sonrisa que te desmonta cualquier prejuicio en dos minutos.

    Estuve en Medellín, en una de las ferias de cosmética y belleza más importantes de Latinoamérica.
    Y te lo digo claro: no tiene nada que envidiarle a las ferias que se hacen en Europa.
    Profesionalismo, visión, energía.
    Todo lo que hace falta para jugar en primera.

    Colombia, este país de café, talento y empuje, está a punto de convertirse en un hub serio para los negocios en esta parte del mundo.
    Y lo va a lograr. No por suerte. Por trabajo.

    Tiene dos activos que no fallan:
    Su gente.
    Y sus riquezas naturales.

    Han sido 168 horas.

    Lo justo para comprender que estaba equivocado.
    Y lo suficiente para admirar la dignidad de un país que pelea cada día por contarse a sí mismo con otras palabras.

  • Ya no quedan carozos.

    Los recuerdo apilados, con su silueta áspera y dorada, en un rincón del patio de la vieja casa de Máguez. 

    Eran tiempos en los que todo tenía su propósito. 

    Allí aguardaban, pacientes, su turno para avivar brasas: en la matanza del cochino, en asaderos de sardinas junto a la costa, o —como en esta víspera de San Juan— para arropar con fuego lento a las piñas, antes de que la noche estallara en hogueras y alegría.

    Hoy todo eso suena a cuento viejo, a historia de abuelo con la mirada perdida.

    Pero no fue hace tanto. Antes de que el carbón empaquetado nos hiciera sentir modernos, los carozos eran el fuego de la casa.

    Te hablo del carozo del millo. Lo que queda cuando el maíz ya dio todo lo que tenía.

    Lo que muchos tiran, pero nosotros guardábamos como oro seco. Porque servía. Porque valía.

    El millo, en Canarias, no fue solo un cultivo: fue resistencia, fue supervivencia.

    Durante décadas sostuvo el crecimiento de nuestras islas, ofreciendo un grano más generoso y constante que el trigo.

    Pero su historia es también la nuestra: la del gofio amasado en la palma de la mano, la del pan de millo.

    Nunca faltaba. Ni en la olla, ni el alma.

    Porque el millo no es solo maíz. Es cultura, es memoria y es pertenencia. Y en su carozo, aunque ya casi olvidado, se condensa el fuego discreto de nuestra identidad.

  • Como cabras.

    Nos despertamos cada mañana con el sobresalto habitual.

    A veces es Trump, con su última ocurrencia.

    Otras, los audios de la UCO, que ya deberían tener su propio programa de radio.

    Y si no es eso, es un ganadero canario en penitencia por tener cabras que huelen a cabra.

    Sí, vamos como cabras. Y no es metáfora: es diagnóstico.

    Según Atlántico Hoy, hay un ganadero en Tenerife (La Matanza), al que han denunciado por olores campestres.

    No por corrupción, ni por fraude fiscal, ni por explotar turistas, sino por tener 170 cabras que hacen lo que hacen las cabras: oler a campo.

    La denuncia viene del dueño de una vivienda vacacional y de vecinos con pituitaria fina y urbanismo selectivo.

    Tourinews lo recoge también en su edición de ayer.

    Queremos turismo rural pero sin lo rural. Naturaleza, sí, pero desodorizada.

    Campo, claro, pero sin estiércol.

    Autenticidad, por supuesto, pero con wifi y sin ruido.

    Como diría mi abuela, esto es el mundo al revés: los conejos contra las escopetas.

  • Adiós Presidente.

    Ayer, sin previo aviso y como si al tiempo le diera por jugar a la ruleta rusa con la historia, perdimos a dos nombres mayores de la política canaria. 

    No políticos, sino prohombres, palabra en desuso como el respeto entre adversarios: Manuel Hermoso Rojas y Antonio Lorenzo Martín.

    Uno fue Presidente de Canarias, el otro del Cabildo de Lanzarote, y ambos —en tiempos donde gobernar no era guerrear— supieron hacer del pacto y del acuerdo un deber cívico.

    Del primero, Manuel Hermoso, nos queda la imagen del político que, como funambulista del nacionalismo, logró unir lo disperso y sentarse en la silla autonómica sin caerse del alambre (1993-1999). 

    Del segundo, Antonio Lorenzo, el mérito inaugural: ser el primer presidente del Cabildo de Lanzarote elegido en democracia, allá por 1979, cuando la Transición todavía olía a tinta fresca.

    Hoy, mientras el consenso hace mutis por el foro y la política se disuelve en monólogos y trifulcas, el legado de ambos reluce más por contraste que por costumbre. 

    Que en paz descansen dos hombres que sabían lo que era gobernar.

  • Hay visitas que no entran por la puerta, sino por el alma.

    La semana pasada tuvimos una de esas en el Museo de Punta Mujeres.

    Nada más y nada menos que 56 chinijos y chinijas del Colegio de Costa Teguise, con sus profes a cuestas y una energía que ni los volcanes.

    Tienen solo 4 años, sí. Pero llegaron con las pilas puestas y las ganas intactas de descubrir cosas nuevas.

    Y si hay alguien capaz de encenderles la chispa de la curiosidad, esa es nuestra compañera Idaira.

    Les habló del aloe como quien cuenta un secreto de esos que no se olvidan nunca.

    Habían hecho los deberes, sí.

    Pero aquí aprendieron lo otro: lo que no cabe en los libros ni en las fichas de colores.

    Aquí tocaron. Olieron. Sintieron. Aprendieron sin saber que aprendían.

    Se fueron con un pequeño detalle y la foto con Aloito… y algo mucho más importante: una semilla plantada.

    La del respeto por lo natural. La del valor de lo nuestro.

    Nos encanta recibir visitas.

    Pero lo que de verdad nos emociona es ver cómo, desde tan pequeños, aprenden a valorar este tesoro de la naturaleza.

  • Un médico a bordo

    Hoy, volando de Canarias a la Península, ocurrió algo que te pone los pies en la tierra aunque estés a 11.000 metros de altura.

    A poco más de media hora de aterrizar, la megafonía lanzó un mensaje claro y urgente: “¿Hay algún médico a bordo?”

    Ese tipo de frases, en un avión, te cambia el enfoque al instante.

    Todo lo que parecía importante hace un segundo, deja de serlo. Sólo deseas una cosa: que haya alguien capacitado para ayudar. Que, por suerte, la había.

    Una pasajera se des​vaneció. Y entre todos nosotros, había una doctora. Sin dudarlo, actuó. La atendió con calma, con profesionalidad. Poco a poco, la mujer se fue recuperando.

    Al aterrizar, ya la esperaba un equipo médico.

    Todo fluyó, como debe fluir: con preparación, con responsabilidad, con personas capaces donde más se necesitan.

    Esta experiencia me recordó algo que intento aplicar en mi vida: rodéate de personas que aporten valor real. En tu familia, en tu equipo, en tu entorno.

    No se trata de cuántos te acompañan, sino de quiénes están cuando las cosas se complican.

    Gracias a todos los que me rodean, los que suman, los que no solo están en las fotos, sino en los momentos en los que se necesita actuar.

    La vida, como los vuelos, tiene turbulencias. Lo importante es con quién las enfrentas.