Qué frase tan breve y, sin embargo, tan capaz de ponerle calmantes al corazón.
En esta época en la que todos corremos como pollos sin cabeza—devorados por la agenda, por las urgencias que nunca son importantes y por las horas que siempre faltan— hay asuntos que se quedan en el borde de la conciencia: sabemos que están ahí, esperando, reclamando atención. Y no llegamos.
Entonces aparece alguien y dice: “No te preocupes. Estoy al tanto.”
Y uno respira.
No porque el peso desaparezca —los pesos nunca desaparecen—, es porque la carga deja de apretar.
A todos esos que permanecen atentos cuando los demás miramos hacia otro lado: GRACIAS.
Desde que el tiempo es tiempo —y quizá antes, cuando aún no tenía nombre— nos inventamos artefactos para decir lo que sentimos.
Palos para señalar, piedras para insistir, palabras para existir.
El ser humano, más que bípedo, mamífero o pensante, es un animal que habla: todo en nosotros es comunicación.
Apenas asomamos la cabeza al mundo, lo primero que hacemos no es respirar: es decir algo. Un llanto —primera declaración universal— anuncia que estamos aquí, que hemos llegado, que estamos dispuestos a comenzar la aventura.
Después vendrán las palabras, los gestos, los silencios, las miradas: el gran repertorio, el maravilloso arsenal.
Tenemos tantos lenguajes como maneras de sentir.
Lenguajes para pensar, para callar, para pedir, para soñar.
Y uno de esos lenguajes —uno que no necesita voz para hacerse oír— es el que ha usado Nicole, una danesa que vive en Alemania, para hablar de nuestros productos.
Ella no habla: dibuja en el aire.
No pronuncia: traduce lo invisible.
Usa el lenguaje de signos, ese idioma sin sonido que revela lo esencial.
Porque, por suerte, todos venimos con algo que nos permite decir lo que pensamos.
Algunos hablan. Otros escriben.
Nicole, en cambio, convierte el silencio en palabras.
Pero no en un taller cualquiera, sino en uno donde se respira oficio, humildad y una serenidad antigua que ya escasea.
Un taller donde el aire huele a paciencia y a hilo recién cortado.
Entre telas que parecían susurrar secretos y agujas que esperaban su turno como soldados de plata, allí estaba Violeta.
En ese rincón doméstico convertido en santuario, ella es dueña del silencio y del oficio.
Allí se mueve como quien regresa al lugar donde todo cobra sentido; su refugio, su territorio natural.
Violeta es una mujer que entiende el valor de lo que no debe perderse.
Ama las tradiciones, las raíces, los gestos que nos recuerdan quiénes somos.
Ha hecho de su labor una forma de resistencia: mantener viva una parte esencial de nuestro patrimonio etnográfico, cuando todo alrededor parece empeñado en olvidarlo.
Ver sus manos en movimiento es asistir a un diálogo entre pasado y presente. En ellas están las de tantas artesanas de esta isla que, con paciencia y constancia, sostienen día tras día los signos que nos definen como pueblo.
Hay una frase que me ha marcado desde la primera vez que la escuché: “La calidad consiste en hacer las cosas bien, incluso cuando nadie te está mirando.”
Y cuánta verdad hay en esas palabras.
La calidad no debería depender de una auditoría, de una supervisión o de un recordatorio.
Debería nacer de dentro, de esa convicción personal de que todo lo que hacemos merece hacerse bien.
Por eso, ayer me he sentí especialmente orgulloso cuando Raúl, nuestro director técnico, me contó que habíamos superado sin inconvenientes la auditoría de renovación de la certificación ISO 9001.
Demostrando que la excelencia no es cuestión de suerte, sino de constancia, compromiso y pasión por el trabajo bien hecho.
Hacerlo bien a la primera no solo ahorra tiempo; también refleja quiénes somos como equipo.
Cada año, por estas fechas, Iluca aparece en las oficinas centrales de Aloe Plus Lanzarote con una sonrisa y una caja de dulces hindúes que huelen a cardamomo y a miel.
No es un simple obsequio: es un recordatorio silencioso de que, a veces, los gestos pequeños son los que mantienen vivo el espíritu de lo humano.
Con ese detalle, Iluca nos invita a asomarnos al Diwali, la gran fiesta de la luz.
Cuando millones de hogares en la India se llenan de lámparas encendidas, de risas, de aromas dulces y de un color que parece querer desafiar a la oscuridad.
Todo para celebrar algo que trasciende credos y fronteras: la victoria de la luz sobre las sombras, del conocimiento sobre la ignorancia, del bien sobre el mal.
Y quizá, sin saberlo, Iluca nos recuerda con su gesto que en un mundo que a veces parece apagarse, aún hay quienes siguen encendiendo lámparas.
Me envía un amigo —agricultor de fin de semana y amante de nuestras tradiciones— unas imágenes donde se ve el cultivo de la papa en Lanzarote.
Estos días ha sembrado la papa de invierno, la que dormirá bajo el picón hasta que febrero o marzo le digan: “Ya es hora”.
La escena de los pies descalzos hundidos en la tierra negra, el arado abriendo surcos en el picón, el gesto preciso de quien sabe abrir el hoyo y colocar el plantón con respeto antiguo…
En esa escena late una forma de vida que aún resiste: la siembra tradicional de la papa lanzaroteña.
La variedad elegida es la papa red cara, importada en su día pero que encontró en Los Valles (Teguise) su hábitat idóneo.
Los agricultores de esta zona han convertido una especie foránea en identidad local, adaptando la piel rojiza y el carácter de la papa al suelo volcánico «arenado» y al clima isleño.
Con un poco de suerte, tal vez podamos probarlas en un buen sancocho por Semana Santa.
Me llevé una grata alegría estos días al ver que una mujer entrañable —de esas que dejan huella sin pretenderlo— recibía una distinción con motivo del Día de la Mujer Rural en el municipio de Haría.
Paquita formó parte, de una u otra manera, de la infancia y la juventud de todos los que nos criamos en Máguez entre los años setenta y finales del siglo pasado.
Era esa mujer cercana, casi de la familia, que nos atendía con paciencia y sonrisa detrás del mostrador de la tienda que antes había regentado su padre, don Juan Villalba.
De don Juan Villalba guardo una imagen precisa, como una fotografía amarillenta que se resiste al olvido: llenando botellas de petróleo con una pequeña bomba que extraía el líquido de los bidones almacenados en un cuarto oscuro, oloroso y secreto.
Tenía ese aire callado y eficaz de los hombres de antes, los que trabajaban sin hacer ruido.
Pero si vuelvo a Paquita —y vale la pena hacerlo—, diré que siempre ha sido una mujer afable, de carácter dulce y firmeza discreta, con una vocación de servicio público que hoy, por desgracia, empieza a escasear.
Siempre dispuesta, siempre atenta, siempre con ese modo de mirar el mundo desde la generosidad y el deber, como si atender a los demás fuese una forma de oración.
Entre los muchos recuerdos que se me agolpan, hay uno que me resulta especialmente entrañable: la vieja libreta que guardaba en uno de los cajones del mostrador.
Allí apuntaba los fiados. Eran otros tiempos, tiempos de palabra y confianza. Bastaba con que uno dijera: —“Paquita, que dice mi madre que se lo apunte.”
Y aquello, créanme, era palabra de Dios.
No hacían falta contratos ni firmas.
Porque entonces la palabra valía tanto como un documento notarial y la confianza era la moneda más sólida del pueblo.
En Canarias —aunque con especial arraigo en Lanzarote, La Graciosa y Fuerteventura— conservamos una palabra “auténtica”, sencilla, directa, casi olvidada, pero profundamente nuestra.
Una palabra que define, como pocas, la sensatez y el buen juicio: “habeliá”.
Hoy empieza a caer en desuso, víctima del descuido lingüístico y de la prisa moderna, pero sigue siendo una joya del habla isleña.
Porque tener habeliá no es solo tener sentido común; es saber moverse por la vida con lógica, con intuición y, sobre todo, con humanidad.
Uno puede tener habeliá o carecer de ella. No hay término medio.
Y viendo el panorama, da la impresión de que cada vez abundan más los segundos: gente sin habeliá, sin fundamento, sin norte.
La televisión lo exhibe sin pudor, pero son las redes sociales las que lo proclaman a diario: el sentido común y la sensatez son dos especies en peligro de extinción.
Así que la recomendación del día es sencilla, casi un ruego: más fundamento, pero sobre todo, más habeliá.