
Hace años tomé una decisión sencilla: afeitarme la cabeza.
La alopecia empezaba a dejarme calvo a retazos y no estaba dispuesto a disfrazar el asunto con injertos turcos ni otras fantasías de catálogo.
Me rapé y punto.
Me siento bien, y ni siquiera echo de menos aquel pelo ondulado que cada mañana exigía disciplina militar para no parecer un náufrago.
Y es aquí donde abro el telón, paso la palabra y pongo en alto valor el mensaje que nos llega, de una de nuestras colaboradoras.
Nos lo manda Camino, desde Costa Teguise.
» Hace unos días entró una clienta.
Pelo seco. Seco-seco.
Dañado. Encrespado. Encrespadísimo.
—¿Tienen algo para esto? —y señaló la tormenta que llevaba en la cabeza.
Claro que sí. Champú. Mascarilla. Y el nuevo sérum, recién llegado, recién estrenado.
—Lléveselo. Pruébelo. Que aún le quedan unas semanas por aquí.
Volvió el otro día.
No hizo falta que hablara: la sonrisa decía todo. El pelo también.
Más brillo. Más suavidad. Cero encrespado.
—Encantada —dijo. Y repitió—: Encantada.
Tanto, que se llevó tres».
Gracias Camino, por compartirlo.