
Hacer un mandado siempre era señal de recompensa.
Se lo hacíamos, sobre todo, a los vecinos del pueblo, y muy especialmente a las personas mayores.
La frase de inicio era siempre la misma: «¿Me puedes hacer un mandado?»
La mayor parte de las veces la tarea consistía en ir a alguna de las tiendas de aceite y vinagre de la época a buscar un ingrediente que faltaba para el potaje, cambiar la bombona del gas o resolver cualquier otro recado que nos pidieran.
La recompensa llegaba enseguida: un trozo de bizcochón, o en el mejor de los casos, un duro (5 pesetas, para quienes no conocieron la moneda patria).
Hoy hablo del mandado porque, en una visita que hice a Cuba hace unos meses, me llamó la atención que la misma palabra se use allí para algo muy parecido a lo que hacíamos en estas islas del Atlántico.
Resulta que la empresa que hace repartos a domicilio —el Glovo de toda la vida en Europa— allí se llama sencillamente Mandao.
Cuando vi la motocicleta con aquel nombre, se me escapó una sonrisa leve… y de golpe me vinieron a la memoria innumerables buenos recuerdos.









