Autor: Martín Eugenio Pérez Hernández

  • Mandado

    Hacer un mandado siempre era señal de recompensa.

    Se lo hacíamos, sobre todo, a los vecinos del pueblo, y muy especialmente a las personas mayores.

    La frase de inicio era siempre la misma: «¿Me puedes hacer un mandado?»

    La mayor parte de las veces la tarea consistía en ir a alguna de las tiendas de aceite y vinagre de la época a buscar un ingrediente que faltaba para el potaje, cambiar la bombona del gas o resolver cualquier otro recado que nos pidieran.

    La recompensa llegaba enseguida: un trozo de bizcochón, o en el mejor de los casos, un duro (5 pesetas, para quienes no conocieron la moneda patria).

    Hoy hablo del mandado porque, en una visita que hice a Cuba hace unos meses, me llamó la atención que la misma palabra se use allí para algo muy parecido a lo que hacíamos en estas islas del Atlántico.

    Resulta que la empresa que hace repartos a domicilio —el Glovo de toda la vida en Europa— allí se llama sencillamente Mandao.

    Cuando vi la motocicleta con aquel nombre, se me escapó una sonrisa leve… y de golpe me vinieron a la memoria innumerables buenos recuerdos.

  • Feliciano.

    Esta semana me reencontré con Feliciano Luzardo.

    Lo encontré como siempre: inclinado sobre sus macetas, entregado a la paciencia infinita de quien ha vivido en contacto con la tierra, en su casa del pueblo de Máguez.

    Noventa y dos años lo contemplan, y aún conserva una lucidez que muchos envidiarían.

    Hombre de campo. Su cuerpo arrugado y sus manos duras de labrador son el mapa exacto de una existencia marcada por el trabajo.

    Pero no es un hombre cualquiera.

    Fue jardinero de César Manrique, uno de los artesanos que acompañaron al artista en la creación de los Centros de Arte y Cultura del Cabildo de Lanzarote.

    Su casa es un vergel, y su huerto, un testamento de amor por la naturaleza. Las plantas lo aman tanto como él las ama a ellas.

    Me contó cómo introdujo en la Cueva de los Verdes las llaneras que todavía hoy dan la bienvenida a los visitantes. 

    La historia es sencilla y hermosa: un día, en casa de su vecino Antonio Doreste, vio una de esas plantas espectaculares y pidió un hijuelo. 

    Sesenta años después, los descendientes de aquella primera llanera siguen saludando a cada persona que entra en la gruta volcánica.

    Feliciano sabe qué planta puede aclimatarse y cuál no. Es un libro abierto. Un libro que alguien debería escribir antes de que se pierda toda su sabiduría.


    Lo visitaré de nuevo pronto: siempre se aprende de él. Aunque lleve años retirado, los Centros Turísticos de Lanzarote siguen latiendo en su corazón.

    Entre sus plantas descubrí, con alegría, unos aloes magníficos, erguidos y orgullosos, como si también ellos fuesen guardianes de una memoria que no merece perderse.

  • Arranchar.

    El otro día, charlando con un amigo graciosero, se me escapó una de esas palabras viejas, de las que ya casi nadie usa.

    Una palabra que ya no se dice, que ya ni se oye, porque ahora todo tiene su traducción al inglés, su versión cool.

    Conversábamos del transporte entre las dos islas, de los barcos, de lo bien arranchadas que van ahora las cosas.

    Arranchadas, fíjate tú: palabra con olor a salitre, a cabo, a soga. 

    Y pensé: no sólo en los barcos, también en la vida conviene tenerlo todo arranchado, bien puesto, porque cualquier ola, cualquier ola tonta, te revuelca y te deja boca arriba, boqueando.

    Me gustan esas expresiones náuticas: son herramientas del idioma, pero también juguetes del habla, brújulas de bolsillo.

    Sirven para decir con dos palabras lo que otros necesitan dos párrafos: que la vida es mar y el mar es metáfora.

    Así que ya lo sabe usted: contra viento y marea, navegue a toda vela con rumbo determinado.

    Porque lo peor que nos puede pasar —en la mar o en tierra— es que perdamos el norte.

  • Gracias Camino por compartirlo.

    Hace años tomé una decisión sencilla: afeitarme la cabeza.


    La alopecia empezaba a dejarme calvo a retazos y no estaba dispuesto a disfrazar el asunto con injertos turcos ni otras fantasías de catálogo.


    Me rapé y punto.


    Me siento bien, y ni siquiera echo de menos aquel pelo ondulado que cada mañana exigía disciplina militar para no parecer un náufrago.

    Y es aquí donde abro el telón, paso la palabra y pongo en alto valor el mensaje que nos llega, de una de nuestras colaboradoras.

    Nos lo manda Camino, desde Costa Teguise.


    » Hace unos días entró una clienta.
    Pelo seco. Seco-seco.
    Dañado. Encrespado. Encrespadísimo.


    —¿Tienen algo para esto? —y señaló la tormenta que llevaba en la cabeza.


    Claro que sí. Champú. Mascarilla. Y el nuevo sérum, recién llegado, recién estrenado.


    —Lléveselo. Pruébelo. Que aún le quedan unas semanas por aquí.


    Volvió el otro día.
    No hizo falta que hablara: la sonrisa decía todo. El pelo también.
    Más brillo. Más suavidad. Cero encrespado.


    —Encantada —dijo. Y repitió—: Encantada.


    Tanto, que se llevó tres».


    Gracias Camino, por compartirlo.

  • Hasta siempre Comandante.

    Nos dejó Juan Antonio de la Hoz.

    Le quedaba poco para retirarse de su verdadera vocación  —que no era un empleo, sino un destino—: la enseñanza.

    Nunca me dio clases, pero conozco a muchos de sus alumnos.

    Todos coinciden en lo mismo: tenía el raro don de conectar con los jóvenes. Los escuchaba, los entendía, y ellos le respondían con respeto y afecto. Jamás les dio la espalda.

    La última vez que lo vi fue en Guatiza, en el Taiga, celebrando con sus paisanos el Día de Canarias. 

    Un amigo común, el escritor cubano Mario Luis López Isla, me pidió que lo ayudara a encontrarlo. Lo hallamos en la plaza, y entre saludos, risas y viejas historias pasamos la tarde.

    Su simpatía por Cuba y su admiración por sus gentes me hicieron llamarle “Comandante”. 

    El título no era gratuito; era un guiño, un homenaje a esos héroes revolucionarios que él reverenciaba.

    No solo hemos perdido a un maestro. Hemos perdido a un revolucionario de los que llevaban la batalla a la escuela, a la política y a la vida.

    Descansa en paz Juan Antonio… Hasta la victoria siempre.

  • Una década.

    Mantener a flote un proyecto periodístico durante diez años, y hacerlo en un lugar como Canarias, no es poca cosa. 

    En un mundo que mastica y escupe medios a la velocidad con la que cambian las mareas, eso es ya motivo de respeto. 

    Y si el medio, además, se atreve a navegar por las aguas serias y a menudo procelosas de la economía, el mérito se multiplica.

    Por eso, mi enhorabuena a Antonio Salazar que cada mes nos entrega una ventana abierta —y bien orientada— a la realidad económica de estas islas. 

    La gaveta que abrimos puntualmente a primeros de mes no guarda papeles polvorientos ni retórica hueca: contiene análisis, datos y reflexiones que ayudan, y mucho, a construir conciencia de región.

    Conocí a su director hace unos años, en una visita a Lanzarote.

    Hombre de palabra fácil, lucidez templada en mil lecturas y un interés genuino por saber. 

    Esa mezcla —curiosidad, claridad y firmeza— es la misma que define su obra: La Gaveta Económica de Canarias.

  • Certidumbres.

    Necesitamos certidumbres.

    Y no hablo de conocer de antemano la combinación ganadora de la Bonoloto, aunque tentador sería.

    Me refiero a reglas del juego claras, iguales para todos, que no se cambien al capricho de intereses momentáneos.

    Vivimos en una época en la que, lamentablemente, cuesta fiarse de casi nada.

    Predomina el famoso “donde dije digo, digo Diego”.

    En la empresa, como en la vida, hay que asumir riesgos: unas veces se acierta, otras se aprende.

    Pero lo que no podemos aceptar por imposición son las inseguridades o las ambigüedades.

    Podemos ser audaces, sí, pero no suicidas.

    Que la audacia es un salto calculado; la locura, un empujón sin aviso.

  • Septiembre.

    El 1 de septiembre, cada año, se parece mucho al 1 de enero.

    Aunque el calendario insista en recordarnos que estamos en el noveno mes, la sensación es la misma: vuelta a empezar.

    Septiembre llega con esa falsa calma de las despedidas largas, como si el verano fuera un viejo amigo que ya ha recogido sus cosas, pero sigue ahí, en la puerta, hablando de cualquier cosa para no marcharse.

    Es tiempo de propósitos nuevos, de libretas por estrenar que todavía huelen a imprenta.

    Ahora toca encarar la cuesta de septiembre, que no siempre es más corta que la de enero.

    En Lanzarote, como último brindis estival, nos queda la fiesta de Nuestra Señora de Los Volcanes —la Virgen de Los Dolores—, y después, sin remedio, nos adentramos en la penúltima estación del año.

    Este mes nos ofrecerá un instante único: el equilibrio exacto entre el día y la noche, que ocurrirá el 22.

    Y, como regalo adicional, el 7 de septiembre la luna se teñirá de sangre en un eclipse total que merecerá ser visto.

    Para los que no hemos tomado vacaciones en verano, solo queda decir ánimo: aún tenemos tres meses por delante.

    Tres meses para remar, sin olvidarnos de que, tarde o temprano, el año se nos acaba siempre demasiado deprisa.

  • Santana.

    Fue mi primer maestro de inglés.

    Lo veo todavía: pizarra detrás, tiza en mano, y la frase de siempre, como si fuera la contraseña para entrar a su mundo:
    “Good morning, children, open de book…”

    Tenía sed. Y hambre.
    De saber, de enseñar, de discutir.
    De tener razón, o de reírse si no la tenía.

    Erudito por acumulación.
    Entusiasta por contagio.
    Incansable por costumbre.

    Fue el primer alcalde de mi municipio elegido en democracia.
    Y el primero en irse sin que lo echaran.
    Se fue porque quiso.
    Porque dijo “basta” y se obedeció a sí mismo.

    Nunca dejó la política.
    La política tampoco lo dejó a él.

    La política es así: vieja amante que sabe dónde vives y tiene copia de la llave.

    El campo de Lanzarote le debe mucho. Sobre todo, el mundo de la vid.

    Últimamente hablaba de enología como otros hablan de Dios o de goles.
    Y uno, escuchándolo, bebía con las orejas.

    La Fundación José Clavijo y Fajardo, que presidía, ahora queda huérfana.

    Y no es huérfana cualquiera:es de las que se quedan mirando la puerta por si el padre vuelve.

    Yo me quedo con su imagen de siempre:
    hombre vivaracho, incombustible, que encontraba un hueco para soltarme, con media sonrisa:
    “¿Cómo va la cosa, Martinito?”

     Hoy me dicen que Juan Santana de León ha muerto.Y yo sólo puedo decir una cosa:
    Gracias, maestro.
    Descansa en paz.  

  • Clientes vitamina.

    Son esos que te alegran el día.

    Ayer, Sheila —que manda en el Museo de Arrieta sin alardes, solo con una sonrisa— me contó una historia que vale por mil.

    Regresaron.
    Los alemanes.
    Dos señores mayores y su hija.

    Los mismos del verano pasado.
    Los mismos que entonces descubrieron la crema de arcilla.

    La hija se inclinó un poco. Bajó la voz. Como quien comparte un secreto:
    “Para mi piel —sensible, seca— fue un acierto total”.

    Este año sumó otro tesoro a su lista: nuestro nuevo sérum capilar.
    Lo usó cada día después de la playa.

    Y lo llamó con una sola palabra, casi como un conjuro: magia.
    Su pelo, antes reseco, volvió a ser pelo.
    Suave. Vivo.

    Mientras, los padres felices con sus labiales, su bálsamo nuevo y su body milk.

    Tanto les gustó todo que no solo compraron para llevar… también pidieron un envío directo a Alemania.

    Clientes así no solo compran.
    Recuerdan.
    Vuelven.
    Agradecen.

    Reconocen a la marca. Y a quienes la defienden cada día.

    Eso es lo que llamamos clientes vitamina.

    Gracias, Sheila, por la dosis extra de energía.