Autor: Martín Eugenio Pérez Hernández

  • Biosphere.

    Aloe Plus Lanzarote ha dado un salto.

    Ha logrado algo grande.

    Desde hoy contamos con la certificación Biosphere.

    Un sello internacional que sólo obtienen las empresas que de verdad aplican prácticas responsables, alineadas con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

    En esta travesía no hemos navegado solos.

    La Federación Turística de Lanzarote ha sido brújula y viento, compañía atenta en el arte de convertir la sostenibilidad en rutina.

    Cuando se rema al unísono, la corriente siempre es favorable.

    Con este reconocimiento, el Grupo Aloe se afirma como referente sostenible en la Isla y contribuye al empeño colectivo de perfilar a Lanzarote como un destino que no sólo es bello: también es consciente, innovador y responsable.

    Y porque los logros, como los buenos relatos, tienen protagonistas, damos las gracias dos miembros de nuestro equipo que han sido claves para la obtención del citado galardón: Cristina Guillén y Raúl Caraballo.

  • Más sobre ADISLAN.

    Hoy, 3 de diciembre, Día Internacional de las Personas con Discapacidad​ hemos participa​do en el Encuentro de Empresas por la Inclusión Sociolaboral organizado por ADISLAN. 

    Fue una oportunidad para compartir experiencias que ya están generando impacto real en la isla.

    En Aloe Plus Lanzarote, nuestro vínculo con el territorio nos obliga a devolver valor a la sociedad. 

    Y lo hacemos donde podemos transformar: en la forma de trabajar, formar y construir cultura. 

    Para nosotros, la inclusión es gestión de talento y coherencia con la isla.

    Nuestra alianza con ADISLAN nos ha permitido crear puestos reales y demostrar, con ejemplos como el de María del Mar —pieza clave desde 2017—, que la inclusión funciona cuando el talento está bien ubicado y cuenta con apoyos adecuados.

    Gracias a ADISLAN, por el acompañamiento técnico y humano que ha hecho posible este recorrido; a María del Mar, por su ejemplo diario de profesionalidad y actitud, y por supuesto, a todo el equipo d​el grupo Aloe, por sostener una cultura que abre puertas y convierte propósito en resultados.

    Porque la inclusión no solo es justicia: es talento, oportunidades y futuro para todos 💚

  • ADISLAN.

    Desde hace muchos años mantenemos una colaboración constante con ADISLAN ( Asociación de Personas con Discapacidad de Lanzarote).

    De esa relación nació la incorporación a nuestra plantilla de una compañera cuya labor, créanme, sostiene más de lo que a veces se ve.

    Cuando se toma unas vacaciones, la ausencia se nota. No solo en el trabajo diario, sino en ese silencioso equilibrio que ciertas personas aportan sin proponérselo.

    Tal vez por eso, cada vez que un grupo de jóvenes de la Asociación viene a vernos y cruzan nuestras puertas para conocer la empresa, los recibimos con la misma ilusión con la que se espera a alguien importante. 

    Porque lo son. Porque nos recuerdan lo que realmente importa.

    Gracias por hacernos sentir bien. 

    Y, sobre todo, por recordarnos por qué merece la pena seguir intentando hacer las cosas como se deben.

  • Embotellado.

    Cuando llega el momento de embotellar nuestra cerveza, sabemos que el producto ha sobrevivido a su más intensa travesía: la fermentación. 

    Pero la historia no termina ahí. 

    Al cerrar el envase, la carbonatación toma el relevo, y en nuestra cerveza este fenómeno se produce de manera natural. 

    Sin artificios ni atajos.

    Después, sólo queda tener paciencia. 

    ¿El resultado?

    Una cerveza suave, equilibrada  y fiel al espíritu auténticamente artesanal. 

  • Casi a punto.

    ​Está ahí, en el borde mismo de la luz: a punto de salir, a punto de decir “aquí estoy”.

    Es distinta.

    Es femenina.

    Y, sobre todo, es genuina.

    Tenemos unas ganas —unas ganas enormes, casi insolentes—
    de que la pruebes.

    Porque hay cosas que no se cuentan.
    Se descubren.

  • Estar al tanto.

    Qué frase tan breve y, sin embargo, tan capaz de ponerle calmantes al corazón.

    En esta época en la que todos corremos como pollos sin cabeza—devorados por la agenda, por las urgencias que nunca son importantes y por las horas que siempre faltan— hay asuntos que se quedan en el borde de la conciencia: sabemos que están ahí, esperando, reclamando atención. Y no llegamos.

    Entonces aparece alguien y dice: “No te preocupes. Estoy al tanto.” 

    Y uno respira.

    No porque el peso desaparezca —los pesos nunca desaparecen—, es porque la carga deja de apretar.

    A todos esos que permanecen atentos cuando los demás miramos hacia otro lado: GRACIAS.

    La vida sería bastante más áspera sin ustedes.

  • Nicole.

    Desde que el tiempo es tiempo —y quizá antes, cuando aún no tenía nombre— nos inventamos artefactos para decir lo que sentimos.

    Palos para señalar, piedras para insistir, palabras para existir.

    El ser humano, más que bípedo, mamífero o pensante, es un animal que habla: todo en nosotros es comunicación.

    Apenas asomamos la cabeza al mundo, lo primero que hacemos no es respirar: es decir algo. Un llanto —primera declaración universal— anuncia que estamos aquí, que hemos llegado, que estamos dispuestos a comenzar la aventura.

    Después vendrán las palabras, los gestos, los silencios, las miradas: el gran repertorio, el maravilloso arsenal.

    Tenemos tantos lenguajes como maneras de sentir.

    Lenguajes para pensar, para callar, para pedir, para soñar.

    Y uno de esos lenguajes —uno que no necesita voz para hacerse oír— es el que ha usado Nicole, una danesa que vive en Alemania, para hablar de nuestros productos.

    Ella no habla: dibuja en el aire.

    No pronuncia: traduce lo invisible.

    Usa el lenguaje de signos, ese idioma sin sonido que revela lo esencial.

    Porque, por suerte, todos venimos con algo que nos permite decir lo que pensamos.

    Algunos hablan. Otros escriben.

    Nicole, en cambio, convierte el silencio en palabras.

    Y eso, créanme, es una maravilla.

  • Violeta.

    Ayer estuve en un taller. 

    Pero no en un taller cualquiera, sino en uno donde se respira oficio, humildad y una serenidad antigua que ya escasea.

    Un taller donde el aire huele a paciencia y a hilo recién cortado.

    Entre telas que parecían susurrar secretos y agujas que esperaban su turno como soldados de plata, allí estaba Violeta. 

    En ese rincón doméstico convertido en santuario, ella es dueña del silencio y del oficio. 

    Allí se mueve como quien regresa al lugar donde todo cobra sentido; su refugio, su territorio natural.

    Violeta es una mujer que entiende el valor de lo que no debe perderse.

    Ama las tradiciones, las raíces, los gestos que nos recuerdan quiénes somos.  

    Ha hecho de su labor una forma de resistencia: mantener viva una parte esencial de nuestro patrimonio etnográfico, cuando todo alrededor parece empeñado en olvidarlo.

    Ver sus manos en movimiento es asistir a un diálogo entre pasado y presente. En ellas están las de tantas artesanas de esta isla que, con paciencia y constancia, sostienen día tras día los signos que nos definen como pueblo.

  • Calidad

    Hay una frase que me ha marcado desde la primera vez que la escuché: “La calidad consiste en hacer las cosas bien, incluso cuando nadie te está mirando.”

    Y cuánta verdad hay en esas palabras. 

    La calidad no debería depender de una auditoría, de una supervisión o de un recordatorio.

    Debería nacer de dentro, de esa convicción personal de que todo lo que hacemos merece hacerse bien.

    Por eso, ayer me he sentí especialmente orgulloso cuando Raúl, nuestro director técnico, me contó que habíamos superado sin inconvenientes la auditoría de renovación de la certificación ISO 9001.

    Demostrando que la excelencia no es cuestión de suerte, sino de constancia, compromiso y pasión por el trabajo bien hecho.

    Hacerlo bien a la primera no solo ahorra tiempo; también refleja quiénes somos como equipo.

    ¡Enhorabuena a todos!

  • Iluca.

    Cada año, por estas fechas, Iluca aparece en las oficinas centrales de Aloe Plus Lanzarote con una sonrisa y una caja de dulces hindúes que huelen a cardamomo y a miel.

    No es un simple obsequio: es un recordatorio silencioso de que, a veces, los gestos pequeños son los que mantienen vivo el espíritu de lo humano.

    Con ese detalle, Iluca nos invita a asomarnos al Diwali, la gran fiesta de la luz

    Cuando millones de hogares en la India se llenan de lámparas encendidas, de risas, de aromas dulces y de un color que parece querer desafiar a la oscuridad.

    Todo para celebrar algo que trasciende credos y fronteras: la victoria de la luz sobre las sombras, del conocimiento sobre la ignorancia, del bien sobre el mal.

    Y quizá, sin saberlo, Iluca nos recuerda con su gesto que en un mundo que a veces parece apagarse, aún hay quienes siguen encendiendo lámparas.