Autor: Martín Eugenio Pérez Hernández

  • Gracias Camino por compartirlo.

    Hace años tomé una decisión sencilla: afeitarme la cabeza.


    La alopecia empezaba a dejarme calvo a retazos y no estaba dispuesto a disfrazar el asunto con injertos turcos ni otras fantasías de catálogo.


    Me rapé y punto.


    Me siento bien, y ni siquiera echo de menos aquel pelo ondulado que cada mañana exigía disciplina militar para no parecer un náufrago.

    Y es aquí donde abro el telón, paso la palabra y pongo en alto valor el mensaje que nos llega, de una de nuestras colaboradoras.

    Nos lo manda Camino, desde Costa Teguise.


    » Hace unos días entró una clienta.
    Pelo seco. Seco-seco.
    Dañado. Encrespado. Encrespadísimo.


    —¿Tienen algo para esto? —y señaló la tormenta que llevaba en la cabeza.


    Claro que sí. Champú. Mascarilla. Y el nuevo sérum, recién llegado, recién estrenado.


    —Lléveselo. Pruébelo. Que aún le quedan unas semanas por aquí.


    Volvió el otro día.
    No hizo falta que hablara: la sonrisa decía todo. El pelo también.
    Más brillo. Más suavidad. Cero encrespado.


    —Encantada —dijo. Y repitió—: Encantada.


    Tanto, que se llevó tres».


    Gracias Camino, por compartirlo.

  • Hasta siempre Comandante.

    Nos dejó Juan Antonio de la Hoz.

    Le quedaba poco para retirarse de su verdadera vocación  —que no era un empleo, sino un destino—: la enseñanza.

    Nunca me dio clases, pero conozco a muchos de sus alumnos.

    Todos coinciden en lo mismo: tenía el raro don de conectar con los jóvenes. Los escuchaba, los entendía, y ellos le respondían con respeto y afecto. Jamás les dio la espalda.

    La última vez que lo vi fue en Guatiza, en el Taiga, celebrando con sus paisanos el Día de Canarias. 

    Un amigo común, el escritor cubano Mario Luis López Isla, me pidió que lo ayudara a encontrarlo. Lo hallamos en la plaza, y entre saludos, risas y viejas historias pasamos la tarde.

    Su simpatía por Cuba y su admiración por sus gentes me hicieron llamarle “Comandante”. 

    El título no era gratuito; era un guiño, un homenaje a esos héroes revolucionarios que él reverenciaba.

    No solo hemos perdido a un maestro. Hemos perdido a un revolucionario de los que llevaban la batalla a la escuela, a la política y a la vida.

    Descansa en paz Juan Antonio… Hasta la victoria siempre.

  • Una década.

    Mantener a flote un proyecto periodístico durante diez años, y hacerlo en un lugar como Canarias, no es poca cosa. 

    En un mundo que mastica y escupe medios a la velocidad con la que cambian las mareas, eso es ya motivo de respeto. 

    Y si el medio, además, se atreve a navegar por las aguas serias y a menudo procelosas de la economía, el mérito se multiplica.

    Por eso, mi enhorabuena a Antonio Salazar que cada mes nos entrega una ventana abierta —y bien orientada— a la realidad económica de estas islas. 

    La gaveta que abrimos puntualmente a primeros de mes no guarda papeles polvorientos ni retórica hueca: contiene análisis, datos y reflexiones que ayudan, y mucho, a construir conciencia de región.

    Conocí a su director hace unos años, en una visita a Lanzarote.

    Hombre de palabra fácil, lucidez templada en mil lecturas y un interés genuino por saber. 

    Esa mezcla —curiosidad, claridad y firmeza— es la misma que define su obra: La Gaveta Económica de Canarias.

  • Certidumbres.

    Necesitamos certidumbres.

    Y no hablo de conocer de antemano la combinación ganadora de la Bonoloto, aunque tentador sería.

    Me refiero a reglas del juego claras, iguales para todos, que no se cambien al capricho de intereses momentáneos.

    Vivimos en una época en la que, lamentablemente, cuesta fiarse de casi nada.

    Predomina el famoso “donde dije digo, digo Diego”.

    En la empresa, como en la vida, hay que asumir riesgos: unas veces se acierta, otras se aprende.

    Pero lo que no podemos aceptar por imposición son las inseguridades o las ambigüedades.

    Podemos ser audaces, sí, pero no suicidas.

    Que la audacia es un salto calculado; la locura, un empujón sin aviso.

  • Septiembre.

    El 1 de septiembre, cada año, se parece mucho al 1 de enero.

    Aunque el calendario insista en recordarnos que estamos en el noveno mes, la sensación es la misma: vuelta a empezar.

    Septiembre llega con esa falsa calma de las despedidas largas, como si el verano fuera un viejo amigo que ya ha recogido sus cosas, pero sigue ahí, en la puerta, hablando de cualquier cosa para no marcharse.

    Es tiempo de propósitos nuevos, de libretas por estrenar que todavía huelen a imprenta.

    Ahora toca encarar la cuesta de septiembre, que no siempre es más corta que la de enero.

    En Lanzarote, como último brindis estival, nos queda la fiesta de Nuestra Señora de Los Volcanes —la Virgen de Los Dolores—, y después, sin remedio, nos adentramos en la penúltima estación del año.

    Este mes nos ofrecerá un instante único: el equilibrio exacto entre el día y la noche, que ocurrirá el 22.

    Y, como regalo adicional, el 7 de septiembre la luna se teñirá de sangre en un eclipse total que merecerá ser visto.

    Para los que no hemos tomado vacaciones en verano, solo queda decir ánimo: aún tenemos tres meses por delante.

    Tres meses para remar, sin olvidarnos de que, tarde o temprano, el año se nos acaba siempre demasiado deprisa.

  • Santana.

    Fue mi primer maestro de inglés.

    Lo veo todavía: pizarra detrás, tiza en mano, y la frase de siempre, como si fuera la contraseña para entrar a su mundo:
    “Good morning, children, open de book…”

    Tenía sed. Y hambre.
    De saber, de enseñar, de discutir.
    De tener razón, o de reírse si no la tenía.

    Erudito por acumulación.
    Entusiasta por contagio.
    Incansable por costumbre.

    Fue el primer alcalde de mi municipio elegido en democracia.
    Y el primero en irse sin que lo echaran.
    Se fue porque quiso.
    Porque dijo “basta” y se obedeció a sí mismo.

    Nunca dejó la política.
    La política tampoco lo dejó a él.

    La política es así: vieja amante que sabe dónde vives y tiene copia de la llave.

    El campo de Lanzarote le debe mucho. Sobre todo, el mundo de la vid.

    Últimamente hablaba de enología como otros hablan de Dios o de goles.
    Y uno, escuchándolo, bebía con las orejas.

    La Fundación José Clavijo y Fajardo, que presidía, ahora queda huérfana.

    Y no es huérfana cualquiera:es de las que se quedan mirando la puerta por si el padre vuelve.

    Yo me quedo con su imagen de siempre:
    hombre vivaracho, incombustible, que encontraba un hueco para soltarme, con media sonrisa:
    “¿Cómo va la cosa, Martinito?”

     Hoy me dicen que Juan Santana de León ha muerto.Y yo sólo puedo decir una cosa:
    Gracias, maestro.
    Descansa en paz.  

  • Clientes vitamina.

    Son esos que te alegran el día.

    Ayer, Sheila —que manda en el Museo de Arrieta sin alardes, solo con una sonrisa— me contó una historia que vale por mil.

    Regresaron.
    Los alemanes.
    Dos señores mayores y su hija.

    Los mismos del verano pasado.
    Los mismos que entonces descubrieron la crema de arcilla.

    La hija se inclinó un poco. Bajó la voz. Como quien comparte un secreto:
    “Para mi piel —sensible, seca— fue un acierto total”.

    Este año sumó otro tesoro a su lista: nuestro nuevo sérum capilar.
    Lo usó cada día después de la playa.

    Y lo llamó con una sola palabra, casi como un conjuro: magia.
    Su pelo, antes reseco, volvió a ser pelo.
    Suave. Vivo.

    Mientras, los padres felices con sus labiales, su bálsamo nuevo y su body milk.

    Tanto les gustó todo que no solo compraron para llevar… también pidieron un envío directo a Alemania.

    Clientes así no solo compran.
    Recuerdan.
    Vuelven.
    Agradecen.

    Reconocen a la marca. Y a quienes la defienden cada día.

    Eso es lo que llamamos clientes vitamina.

    Gracias, Sheila, por la dosis extra de energía.

  • Garajes.

    Ese sitio donde tiramos trastos que ya casi ni miramos.

    Ese rincón polvoriento.

    Ese garaje que parece muerto… es, paradójicamente, una fuente de inspiración.

    En Lanzarote, por cómo son nuestras casas terreras, es fácil encontrar uno en cada hogar. 

    Para algunos es solo un hueco para aparcar o guardar cajas. Para otros, un escape. 

    En espacios así, diáfanos como una página en blanco, han nacido historias.

    Como la nuestra… la del grupo Aloe.

    Era un garaje de treinta metros cuadrados. Nada más y nada menos.

    El día que lo vi me pareció una catedral.

    No sé qué uso tendrá ahora.

    No sé si guarda coches o fantasmas.

    Lo que si sé es que, de cuando en cuando, regreso al barrio de Maneje, en Arrecife, a mirar, a oler, a tocar con los ojos el lugar donde empezó to​do.

  • El olivo.

    En mi casa tengo un olivo.  

    Me gusta detenerme a mirarlo cada mañana.

    Da una extraña seguridad pensar que, mientras el mundo se tambalea, ese tronco nudoso sigue ahí, inmóvil, desafiando al calendario. 

    No sé dónde germinó por primera vez ni en qué pedazo de tierra hundió sus raíces; pero puedo imaginarlo resistiendo sequías implacables, fuegos caprichosos o tormentas que a otros habrían tumbado. 

    Sin embargo, sigue firme: áspero, robusto, arrugado como la piel de un veterano que ha sobrevivido a demasiadas batallas.

    Lo compré en Fuerteventura. Allí sobrevivía por instinto vegetal.

    Alguien escribió en su día que «el olivo es el árbol que nunca muere» y seguro que tenía razón.

    Contemplarlo cada mañana es una lección silenciosa de paciencia, resistencia y dignidad

  • Algo está cambiando.

    Es un gustazo ver cómo, poco a poco, españoles se sientan en las mesas donde se corta el bacalao en las grandes multinacionales.

    Esta mañana nos hemos desayunado con la noticia de que Juvencio Maeztu es el nuevo CEO del gigante IKEA.

    Y no es un caso aislado.

    Es la prueba de que tenemos una hornada de directivos empresariales que juegan en Champions.

    El lenguaje del fútbol lo explica mejor: en el once ideal del mejor equipo del mundo ya tenemos varios cracks con DNI español.

    Ramón Laguarta manda en PepsiCo.

    Joaquín Duato dirige Johnson & Johnson.

    José Muñoz está al frente de Hyundai… y podríamos seguir llenando la alineación con figuras que mandan más que muchos gobiernos.

    En la empresa, España ya es potencia mundial.

    Ojalá en otros campos dejemos de jugar al pase atrás o al patadón y empecemos a ir a por el gol.por el gol.