Autor: Martín Eugenio Pérez Hernández

  • Papas de invierno.

    Me envía un amigo —agricultor de fin de semana y amante de nuestras tradiciones— unas imágenes donde se ve el cultivo de la papa en Lanzarote.

    Estos días ha sembrado la papa de invierno, la que dormirá bajo el picón hasta que febrero o marzo le digan: “Ya es hora”.

    La escena de los pies descalzos hundidos en la tierra negra, el arado abriendo surcos en el picón, el gesto preciso de quien sabe abrir el hoyo y colocar el plantón con respeto antiguo…

    En esa escena late una forma de vida que aún resiste: la siembra tradicional de la papa lanzaroteña.

    La variedad elegida es la papa red cara, importada en su día pero que encontró en Los Valles (Teguise) su hábitat idóneo. 

    Los agricultores de esta zona han convertido una especie foránea en identidad local, adaptando la piel rojiza y el carácter de la papa al suelo volcánico «arenado» y al clima isleño.

    Con un poco de suerte, tal vez podamos probarlas en un buen sancocho por Semana Santa

    Y entonces sabrán, no solo a papa, sino a gloria.

  • Paquita.

    Me llevé una grata alegría estos días al ver que una mujer entrañable —de esas que dejan huella sin pretenderlo— recibía una distinción con motivo del Día de la Mujer Rural en el municipio de Haría.

    Paquita formó parte, de una u otra manera, de la infancia y la juventud de todos los que nos criamos en Máguez entre los años setenta y finales del siglo pasado. 

    Era esa mujer cercana, casi de la familia, que nos atendía con paciencia y sonrisa detrás del mostrador de la tienda que antes había regentado su padre, don Juan Villalba.

    De don Juan Villalba guardo una imagen precisa, como una fotografía amarillenta que se resiste al olvido: llenando botellas de petróleo con una pequeña bomba que extraía el líquido de los bidones almacenados en un cuarto oscuro, oloroso y secreto.

    Tenía ese aire callado y eficaz de los hombres de antes, los que trabajaban sin hacer ruido.

    Pero si vuelvo a Paquita —y vale la pena hacerlo—, diré que siempre ha sido una mujer afable, de carácter dulce y firmeza discreta, con una vocación de servicio público que hoy, por desgracia, empieza a escasear.

    Siempre dispuesta, siempre atenta, siempre con ese modo de mirar el mundo desde la generosidad y el deber, como si atender a los demás fuese una forma de oración.

    Entre los muchos recuerdos que se me agolpan, hay uno que me resulta especialmente entrañable: la vieja libreta que guardaba en uno de los cajones del mostrador.

    Allí apuntaba los fiados. Eran otros tiempos, tiempos de palabra y confianza. Bastaba con que uno dijera:
    —“Paquita, que dice mi madre que se lo apunte.”

    Y aquello, créanme, era palabra de Dios.

    No hacían falta contratos ni firmas.

    Porque entonces la palabra valía tanto como un documento notarial y la confianza era la moneda más sólida del pueblo.

  • Tener habeliá.

    En Canarias —aunque con especial arraigo en Lanzarote, La Graciosa y Fuerteventura— conservamos una palabra “auténtica”, sencilla, directa, casi olvidada, pero profundamente nuestra. 

    Una palabra que define, como pocas, la sensatez y el buen juicio: “habeliá”.

    Hoy empieza a caer en desuso, víctima del descuido lingüístico y de la prisa moderna, pero sigue siendo una joya del habla isleña. 

    Porque tener habeliá no es solo tener sentido común; es saber moverse por la vida con lógica, con intuición y, sobre todo, con humanidad.  

    Uno puede tener habeliá o carecer de ella. No hay término medio.

    Y viendo el panorama, da la impresión de que cada vez abundan más los segundos: gente sin habeliá, sin fundamento, sin norte.

    La televisión lo exhibe sin pudor, pero son las redes sociales las que lo proclaman a diario: el sentido común y la sensatez son dos especies en peligro de extinción.

    Así que la recomendación del día es sencilla, casi un ruego: más fundamento, pero sobre todo, más habeliá.

  • Moneyba.

    Moneyba forma parte de nuestra historia desde el mismo día en que abrimos las puertas del Centro de Interpretación del Aloe Vera, en el pueblo de Yaiza.

    Se graduó en Turismo, pero el destino —que a veces se viste de aloe y huele a volcán— le tenía preparado otro lugar donde desarrollarse profesionalmente.

    En Aloe Plus Lanzarote encontró no solo un trabajo, sino un lugar donde echar raíces y crecer.

    Hay algo en su forma de estar, de mirar, de atender, que convierte lo cotidiano en algo importante.

    De su español de nacimiento ha saltado, con disciplina y curiosidad, al inglés, al italiano y al francés.

    Tres idiomas más con los que tender puentes, entender al otro y hacer sentir a cada visitante como en casa.

    Ha crecido como crecen los proyectos a los que uno les mete alma.

    Hoy, el museo de Yaiza no se concibe sin su voz, su mirada atenta ni ese temple sereno con el que dirige cada jornada.

    Son muchos los visitantes que, al no verla, preguntan por ella.

    Y no lo hacen por cortesía: lo hacen porque Moneyba deja huella, porque transmite esa rara mezcla de profesionalidad y calidez que no se finge.

    Es de Montaña Blanca, un pueblito medio tragado por las cenizas del Timanfaya.

    Tal vez por eso lleva en la mirada esa calma de la tierra que resiste y vuelve a florecer.

  • Visita.

    ​Hace unos días, en nuestro Museo de Punta Mujeres, vivimos algo más que una visita. 

    Recibimos a la familia ganadora del Premio del Observatorio de Ecoturismo 2025 y compartimos con ellos una experiencia que une lo que más valoramos: innovación, sostenibilidad y alma local

    Fue una mañana diferente. Un taller donde el conocimiento se transforma en acción: elaborar con las propias manos cremas con aloe ecológico 100 % canario

    Ver cómo la curiosidad se convierte en emoción cuando se toca, se huele y se crea con el aloe, nos recuerda algo esencial:
    la verdadera riqueza no está en los recursos, sino en cómo los cuidamos y los compartimos.

    Eso es lo que hacemos cada día: proteger la isla, impulsar su patrimonio y demostrar que desde Lanzarote se puede generar valor con propósito y autenticidad.

  • Valencia.

    Estos días hemos estado en Valencia participando en un encuentro de los Club Cámara de España.

    Más de 130 empresas reunidas en la ciudad de Sorolla.

    Empresas que, más allá de tarjetas y presentaciones, buscan lo que realmente importa: crear negocio y abrir oportunidades.

    Si aún no conoces qué son los Club Cámara, deberías hacerlo ya:
    https://lnkd.in/dnPs7Bci

    La visita también sirvió para ver algo evidente: Valencia ya está en primera división entre las ciudades europeas.

    Y no ha llegado ahí sola.

    Hay un factor clave: empresarios que transforman el entorno. En este caso, Juan Roig (Mercadona).

    Su visión está cambiando la ciudad con proyectos que van mucho más allá de la empresa:
    – Edén, Escuela de Empresarios.
    – Lanzadera, aceleradora de startup.
    – El Roig Arena.
    – Y el Proyecto Legado Roig-Herrero.

    Si vienes a Valencia, no te quedes sólo con la Ciudad de las Artes y las Ciencias, que está muy bien.

    Mira lo que está pasando alrededor. Porque aquí no solo se construyen edificios, se construye futuro.

  • Todos los días se aprende.

    Cada día es una oportunidad para aprender algo nuevo.

    Rara es la jornada en la que no nos llevamos una lección, sea positiva o negativa, que nos hace avanzar.

    Hace unos días tuve la suerte de asistir en Lanzarote a una jornada de formación impartida por Xavi Escales.

    Si todavía no lo conoces, te animo a descubrirlo. 

    Xavi es un hombre que merece la pena escuchar: no solo por lo que dice, sino por cómo lo dice.

    Mientras hablaba, me venía constantemente a la mente un viejo proverbio africano que dice: “Si quieres llegar rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado.”

    Ese era, en esencia, el corazón de su mensaje: la importancia de los equipos, y la obligación que tenemos quienes dirigimos empresas de cuidarlos, afianzarlos y darles el terreno fértil para crecer.

  • Mandado

    Hacer un mandado siempre era señal de recompensa.

    Se lo hacíamos, sobre todo, a los vecinos del pueblo, y muy especialmente a las personas mayores.

    La frase de inicio era siempre la misma: «¿Me puedes hacer un mandado?»

    La mayor parte de las veces la tarea consistía en ir a alguna de las tiendas de aceite y vinagre de la época a buscar un ingrediente que faltaba para el potaje, cambiar la bombona del gas o resolver cualquier otro recado que nos pidieran.

    La recompensa llegaba enseguida: un trozo de bizcochón, o en el mejor de los casos, un duro (5 pesetas, para quienes no conocieron la moneda patria).

    Hoy hablo del mandado porque, en una visita que hice a Cuba hace unos meses, me llamó la atención que la misma palabra se use allí para algo muy parecido a lo que hacíamos en estas islas del Atlántico.

    Resulta que la empresa que hace repartos a domicilio —el Glovo de toda la vida en Europa— allí se llama sencillamente Mandao.

    Cuando vi la motocicleta con aquel nombre, se me escapó una sonrisa leve… y de golpe me vinieron a la memoria innumerables buenos recuerdos.

  • Feliciano.

    Esta semana me reencontré con Feliciano Luzardo.

    Lo encontré como siempre: inclinado sobre sus macetas, entregado a la paciencia infinita de quien ha vivido en contacto con la tierra, en su casa del pueblo de Máguez.

    Noventa y dos años lo contemplan, y aún conserva una lucidez que muchos envidiarían.

    Hombre de campo. Su cuerpo arrugado y sus manos duras de labrador son el mapa exacto de una existencia marcada por el trabajo.

    Pero no es un hombre cualquiera.

    Fue jardinero de César Manrique, uno de los artesanos que acompañaron al artista en la creación de los Centros de Arte y Cultura del Cabildo de Lanzarote.

    Su casa es un vergel, y su huerto, un testamento de amor por la naturaleza. Las plantas lo aman tanto como él las ama a ellas.

    Me contó cómo introdujo en la Cueva de los Verdes las llaneras que todavía hoy dan la bienvenida a los visitantes. 

    La historia es sencilla y hermosa: un día, en casa de su vecino Antonio Doreste, vio una de esas plantas espectaculares y pidió un hijuelo. 

    Sesenta años después, los descendientes de aquella primera llanera siguen saludando a cada persona que entra en la gruta volcánica.

    Feliciano sabe qué planta puede aclimatarse y cuál no. Es un libro abierto. Un libro que alguien debería escribir antes de que se pierda toda su sabiduría.


    Lo visitaré de nuevo pronto: siempre se aprende de él. Aunque lleve años retirado, los Centros Turísticos de Lanzarote siguen latiendo en su corazón.

    Entre sus plantas descubrí, con alegría, unos aloes magníficos, erguidos y orgullosos, como si también ellos fuesen guardianes de una memoria que no merece perderse.

  • Arranchar.

    El otro día, charlando con un amigo graciosero, se me escapó una de esas palabras viejas, de las que ya casi nadie usa.

    Una palabra que ya no se dice, que ya ni se oye, porque ahora todo tiene su traducción al inglés, su versión cool.

    Conversábamos del transporte entre las dos islas, de los barcos, de lo bien arranchadas que van ahora las cosas.

    Arranchadas, fíjate tú: palabra con olor a salitre, a cabo, a soga. 

    Y pensé: no sólo en los barcos, también en la vida conviene tenerlo todo arranchado, bien puesto, porque cualquier ola, cualquier ola tonta, te revuelca y te deja boca arriba, boqueando.

    Me gustan esas expresiones náuticas: son herramientas del idioma, pero también juguetes del habla, brújulas de bolsillo.

    Sirven para decir con dos palabras lo que otros necesitan dos párrafos: que la vida es mar y el mar es metáfora.

    Así que ya lo sabe usted: contra viento y marea, navegue a toda vela con rumbo determinado.

    Porque lo peor que nos puede pasar —en la mar o en tierra— es que perdamos el norte.