Aunque uno haya nacido en secano y lo más verde que hayamos tenido sea el bosquecillo —ese suspiro de árbustos en la montaña de Haría—, no deja de doler ver los incendios que se comen España.
Duele imaginar a quienes tienen que dejar atrás su casa, sus recuerdos, sus cosas.
Duele más —mucho más— pensar en los que pierden a un ser querido, tragado por el fuego.
Eso no se olvida.
No se cura.
Desde esta isla, tierra también de fuego, va un abrazo solidario y toda la suerte del mundo para los que pelean contra las llamas.
Estos días me he llevado una de esas alegrías que te reconcilian un poco con la especie humana.
Un amigo de la infancia —compañero de mil correrías por el pueblo de Máguez— al que no veía desde hace años, anda metido en una empresa tan sencilla como heroica.
Jesús Pérez, “Susín” para los que lo conocemos desde que apenas levantábamos un palmo del suelo, se ha empeñado en reforestar una zona del pueblo.
Y no de boquilla, como hacen tantos.
Ya lleva plantados ciento cincuenta y cuatro pinos, y cada cierto tiempo, garrafa en mano, sube a regarlos él mismo, porque hasta allí no llega el agua corriente.
La historia completa está en Diario de Lanzarote: enlace.
Susín es de esos hombres que quieren dejar huella. Y no una de cemento o asfalto, sino de las que germinan y dan sombra.
Huella que obliga a pensar sobre el valor de la naturaleza y sobre lo poco que hacemos, en general, para protegerla.
Su gesto me recordó una frase atribuida a Martin Luther King: «Aun si supiera que el mundo mañana se habría de desintegrar, igual plantaría hoy un manzano».
Pues bien: Susín planta pinos, no manzanos, pero la música es la misma: la nota del hombre que planta sabiendo que quizás no verá el bosque, pero igual lo planta.
Con la globalización pasa lo que pasa: trae comercio, progreso, curiosidades exóticas… y también trae las viejas pestes con pasaporte nuevo.
Este fin de semana, me enteraba de que se había detectado en la isla de Tenerife la presencia de la filoxera.
Una plaga que ha devastado viñedos en todo el mundo y que ataca directamente las raíces y hojas de la vid.
Hasta hace unos días, Canarias era la última trinchera de Europa que se mantenía intacta. Ni una sola cepa tocada por ese insecto maldito.
Ahora esa frontera ha sido violada.
Esto nos daba una ventaja competitiva y un valor diferencial, especialmente en Lanzarote, donde nuestra forma de cultivo es única y produce una variedad irrepetible: la Malvasía Volcánica.
La llegada de la filoxera no es un problema menor. Puede afectar gravemente a nuestra producción, a nuestro patrimonio vitivinícola y a toda una industria que depende de él.
Por eso, es clave actuar ya: reforzar la vigilancia en fronteras, controlar la entrada de material vegetal y, sobre todo, monitorizar nuestros cultivos para que, si la plaga aparece, podamos erradicarla de inmediato.
Aquí no se trata solo de vino.
Se trata de proteger un activo estratégico, cultural y económico para Canarias y especialmente par Lanzarote.
Esta mañana, mientras hacía mi caminata diaria por Puerto del Carmen, me topé con una señal.
No crean que fue fácil verla: estaba oculta, como un secreto mal guardado, tras la sombra espesa de un flamboyán que parecía empeñado en mantenerla fuera de la vista.
Indicaba, con ese gesto autoritario que tienen las señales, que había que ir hacia la izquierda.
Obligatorio.
Uno diría que es pura cuestión de tráfico, pero conociendo a Pepe Juan, alcalde socialista de la localidad y viejo zorro de la política, uno empieza a sospechar si no habrá algo de mensaje subliminal en el asunto.
El caso es que aquel disco metálico escondido me hizo pensar.
Cuántas señales, advertencias o mensajes tenemos delante de las narices y ni los vemos.
No hablo sólo de tráfico, sino de la vida misma: oportunidades que dejamos pasar, avisos de peligro que ignoramos, caminos que no tomamos porque no levantamos la vista del suelo.
Así que, aunque estemos en verano y el sol nos amodorra la vista, valdría la pena mantener los ojos bien abiertos.
No vaya a ser que la próxima señal que ignoremos sea la que podría habernos ahorrado un problema… o regalado una aventura.
Tener a la gente motivada no es un lujo: es una necesidad.
Y la motivación real no se impone, se inspira.
En eso, Cova Bertrand marca la diferencia. Líder nata, emprendedora incansable, de esas personas que no esperan a que las cosas cambien: las cambian ellas mismas.
Siempre construyendo, siempre aportando valor.
Y para quienes aún crean que la motivación no se puede ver, aquí va una prueba: dos compañeras de nuestras tiendas en Tenerife (Vanesa y Sara), con una sonrisa que dice más que mil discursos, sosteniendo su diploma de aptitud con el orgullo de quien sabe que está en el camino correcto.
Esto no va solo de formación. Va de actitud, de propósito y de futuro.
La primera vez que subí a uno de sus barcos, lo gobernaba el patriarca de los Romero, don Juan Romero.
Hombre de mar y de silencios, de los que entendía que timonear no era solo cuestión de brújulas, sino de memoria y carácter.
El barco se llamaba —y sigue llamándose— Jorge Luis , porque la familia nunca permitió que se hundiera ni en el agua ni en el recuerdo.
Lo mantuvieron a flote como quien cuida una reliquia: no solo por lo que fue, sino por lo que representa. Génesis de una empresa familiar que convirtió el océano en puente, no en barrera; en camino, no en frontera.
Ayer, en Gran Canaria, Líneas Romero fue distinguida con el accesit a la Sostenible en los Premios Pymes del Año Las Palmas 2025, otorgado por las Cámaras de Comercio de Las Palmas, Fuerteventura, Lanzarote y La Graciosa, con el patrocinio del Banco Santander.
Un reconocimiento que no premia modas pasajeras, sino convicciones profundas: la sostenibilidad, entendida como respeto —al mar, a las personas, al porvenir de estas islas nuestras.
El legado de don Juan Romero y doña Juana Toledo sigue navegando con viento firme. A toda vela.
Anoche, viendo una entrevista por televisión, le preguntaron a un empresario español del sector alimentario —de esos que figuran en Forbes por méritos propios, no por casualidad— cómo veía el futuro de nuestro país, teniendo en cuenta las incertidumbres que lo atraviesan.
El empresario no respondió con cifras, ni con gráficos. Respondió con una historia. Una historia con alas.
Contó que había una vez un ave, enorme, imponente, suspendida sobre una rama frágil. Desde abajo, alguien —llámalo curioso o prudente— le gritó si no temía que la rama cediera.
El ave, sin inmutarse, respondió:
—No me preocupa la rama. Confío en mis alas.
Y en ese instante, la fábula dejó de ser fábula. Porque lo que parecía cuento era en realidad sentencia.
Confía en tus alas.
No en el árbol. Ni en la rama. Ni en el bosque entero.
Tenemos que construir nuestras propias alas.
Conocimientos. Habilidades. Resiliencia.
Porque cuando todo se tambalea —el sistema, el mercado, la política, incluso la rama en la que estás apoyado— lo único que garantiza que no caerás es tu capacidad de volar por ti mismo.
No esperemos a que la rama se rompa para descubrir si sabemos volar.
Dicen —y dicen bien— que las buenas ideas no nacen: germinan. Se cuecen a fuego lento, se riegan con terquedad, se sueñan despiertas.
Y un día —un día cualquiera que se vuelve especial— florecen.
Hoy es ese día.
Después de trasegar ilusiones, destilar pruebas y fermentar esfuerzos, les presentamos con orgullo nuestra más reciente criatura: Vulcanaloe —la cerveza con aloe.
Sí, han leído bien. Aloe vera. Y cerveza. ¿Una locura? Tal vez. ¿Una apuesta? Sin duda. ¿Nuestra? Por completo.
Porque esto no es solo una bebida: es un punto de encuentro entre lo que fuimos, lo que somos y lo que aún no sabemos que seremos.
Un brindis entre lo viejo y lo nuevo, entre lo de siempre y lo nunca visto.
Una mezcla (peligrosa y deliciosa) de tierra volcánica y cabeza en las nubes.
Vulcanaloe no llega para hacer ruido, sino eco.
De momeento se vende —con coquetería— en el Museo de Yaiza y Punta Mujeres, pero llegará más lejos.
Paso a paso. Sin estridencias. Como deben hacerse las cosas que valen la pena.
Este brindis no es solo por lo que sale en la etiqueta, sino por quienes están detrás de ella.
Por el equipo que lo sueña todo, lo trabaja todo y lo da todo.
Brindamos por Vulcanaloe. Y por todo lo que aún está por venir.