Autor: Martín Eugenio Pérez Hernández

  • Viento en popa.

    La primera vez que subí a uno de sus barcos, lo gobernaba el patriarca de los Romero, don Juan Romero.

    Hombre de mar y de silencios, de los que entendía que timonear no era solo cuestión de brújulas, sino de memoria y carácter.

    El barco se llamaba —y sigue llamándose— Jorge Luis , porque la familia nunca permitió que se hundiera ni en el agua ni en el recuerdo.

    Lo mantuvieron a flote como quien cuida una reliquia: no solo por lo que fue, sino por lo que representa. Génesis de una empresa familiar que convirtió el océano en puente, no en barrera; en camino, no en frontera.

    Ayer, en Gran Canaria, Líneas Romero fue distinguida con el accesit a la Sostenible en los Premios Pymes del Año Las Palmas 2025, otorgado por las Cámaras de Comercio de Las Palmas, Fuerteventura, Lanzarote y La Graciosa, con el patrocinio del Banco Santander.

    Un reconocimiento que no premia modas pasajeras, sino convicciones profundas: la sostenibilidad, entendida como respeto —al mar, a las personas, al porvenir de estas islas nuestras.

    El legado de don Juan Romero y doña Juana Toledo sigue navegando con viento firme. A toda vela.

    Enhorabuena a toda la familia de Líneas Romero.

  • La importancia de las alas.

    Anoche, viendo una entrevista por televisión, le preguntaron a un empresario español del sector alimentario —de esos que figuran en Forbes por méritos propios, no por casualidad— cómo veía el futuro de nuestro país, teniendo en cuenta las incertidumbres que lo atraviesan.

    El empresario no respondió con cifras, ni con gráficos. Respondió con una historia. Una historia con alas.

    Contó que había una vez un ave, enorme, imponente, suspendida sobre una rama frágil. Desde abajo, alguien —llámalo curioso o prudente— le gritó si no temía que la rama cediera.

    El ave, sin inmutarse, respondió:

    —No me preocupa la rama. Confío en mis alas.

    Y en ese instante, la fábula dejó de ser fábula. Porque lo que parecía cuento era en realidad sentencia.

    Confía en tus alas.

    No en el árbol. Ni en la rama. Ni en el bosque entero.

    Tenemos que construir nuestras propias alas.

    Conocimientos.
    Habilidades.
    Resiliencia.

    Porque cuando todo se tambalea —el sistema, el mercado, la política, incluso la rama en la que estás apoyado— lo único que garantiza que no caerás es tu capacidad de volar por ti mismo.

    No esperemos a que la rama se rompa para descubrir si sabemos volar.

  • Bridemos!!

    Dicen —y dicen bien— que las buenas ideas no nacen: germinan. Se cuecen a fuego lento, se riegan con terquedad, se sueñan despiertas.

    Y un día —un día cualquiera que se vuelve especial— florecen.

    Hoy es ese día.

    Después de trasegar ilusiones, destilar pruebas y fermentar esfuerzos, les presentamos con orgullo nuestra más reciente criatura: Vulcanaloe —la cerveza con  ​aloe.

    Sí, han leído bien.
    Aloe vera. Y cerveza.
    ¿Una locura? Tal vez.
    ¿Una apuesta? Sin duda.
    ¿Nuestra? Por completo.

    Porque esto no es solo una bebida: es un punto de encuentro entre lo que fuimos, lo que somos y lo que aún no sabemos que seremos.

    Un brindis entre lo viejo y lo nuevo, entre lo de siempre y lo nunca visto.

    Una mezcla (peligrosa y deliciosa) de tierra volcánica y cabeza en las nubes.

    Vulcanaloe no llega para hacer ruido, sino eco.

    ​De momeento se ​vende —con coquetería— en el Museo de Yaiza y Punta Mujeres, ​ pero llegará más lejos. 

    Paso a paso. Sin estridencias. Como deben hacerse las cosas que valen la pena. 

    ​Este brindis no es solo por lo que sale en la etiqueta, sino por quienes están detrás de ella.

    Por el equipo que lo sueña todo, lo trabaja todo y lo da todo.

    Brindamos por Vulcanaloe.
    Y por todo lo que aún está por venir.

    ¡Salud, cerveza y aloe! 

  • …si eso.

    Llevo días —no horas ni minutos, sino días enteros— debatiéndome entre el pudor de callar y la urgencia de escribir sobre el asunto. 

    Al final, ha ganado el verbo. 

    El absentismo laboral que estamos viendo en Canarias no es una broma. Ni una exageración. Es una realidad que empieza a tener los tintes oscuros de la alarma. 

    Está alcanzando niveles que comprometen la supervivencia de servicios públicos y de muchísimas pequeñas y medianas empresas que, día a día, pelean por no hundirse.

    Empresas  que sostienen, con uñas y dientes, gran parte del tejido económico de las islas.

    Vaya por delante algo que no necesita explicación, pero que conviene repetir para los torpes y los malintencionados: la salud de los trabajadores es sagrada. Repito: sagrada. Hay que cuidarla, protegerla, mimarla si hace falta.

    Y no hay empresa digna que no lo sepa. Sin salud no hay trabajo ni dignidad. Y es deber de todos —emprendedores, directivos, administraciones— mejorar las condiciones laborales, proteger, cuidar, construir entornos sostenibles y humanos.

    Pero luego están esas otras cosas. Las que te encienden la sangre. Las que te dejan con la mandíbula apretada.

    El otro día fui testigo de una escena tan banal como reveladora. 

    Viajaba en el transporte público, ese confesionario sin cura y con testigos, cuando dos muchachas (veinticuatro, veinticinco años, a lo sumo) se dedicaban a rememorar con entusiasmo una noche de fiesta reciente que había acabado a las 7:00 de la mañana. 

    Nada que objetar a eso. A nadie se le niega el baile. Pero luego, entre risas y selfies mentales, una de ellas soltó, como quien se pide un cortado: “Yo sigo de baja. No sé si ya para mediados de agosto me reincorporo… si eso.”

    No se puede generalizar, por supuesto. Sería injusto. Pero lo que sí se puede —y se debe— es actuar. Porque estos abusos, estos pequeños fraudes cotidianos, están dañando algo mucho más importante que un parte médico: están minando la confianza en el sistema, están hundiendo la moral de los que sí madrugan, sí cumplen, sí se parten el lomo.

    Y si no empezamos a tomar cartas en el asunto —con valentía, con seriedad, sin populismos pero también sin paños calientes— acabaremos viviendo en un país donde ser honesto sea cosa de idiotas.

    Estamos hablando de ética. Y sin ética compartida, no hay futuro posible.

  • Ciudadanos de Fuerteventura.

    Hace unos días me vino a la cabeza, como quien tropieza con una vieja fotografía descolorida, la inauguración del terreno de Lucha Canaria en La Graciosa.

    Corría el año 1987 (19 de julio), y la fecha coincidía con las Fiestas del Carmen. Ese ritual marinero que en las islas pequeñas se celebra como si cada verano fuera el último.

    Porque allí el mar lo es todo, y las tradiciones no se repiten: se heredan.

    Fue un evento grande, de los que marcan época.

    Un momento histórico que reunió a lo más representativo de la política canaria, a nuestros líderes insulares y municipales.

    Lo traigo a la memoria ahora que se acercan de nuevo las fiestas, no tanto por el acto en sí como por una anécdota que ha sobrevivido, terca, en mi recuerdo.

    Cada vez que paso delante de ese recinto deportivo me viene a la cabeza la escena como si no hubiera pasado un cuarto de siglo.

    Era la hora de los discursos. Le tocaba hablar al Delegado del Gobierno, que entonces era Eligio Hernández, a quien el destino tenía reservado el sillón de Fiscal General del Estado y a quien El Hierro, su tierra, recordaba como el Pollo de El Pinar, no por gallináceo sino por bregador. 

    Eligio tomó el micrófono con seguridad, pero cometió un error de esos que parecen menores… hasta que no lo son.

    “Ciudadanos de Fuerteventura…” dijo.  

    El murmullo fue inmediato. Un rumor de sorpresa sacudió a todo el recinto,  la incredulidad contagio a todos los vecinos de La Graciosa.

    Se miraban unos a otros sin entender si aquello era un error, una falta de respeto o simplemente una metedura de pata.

    Eligio, para su mérito, se dio cuenta al instante. Y reaccionó como buen luchador: giró sobre su error, lo tomó por la pechera y lo convirtió en oportunidad.

    “De Fuerteventura… de La Graciosa, de Lanzarote, de Tenerife, de La Palma…”

    Y así, uno por uno, fue desgranando el rosario del archipiélago canario hasta no dejarse ni una isla en el tintero.

    De aquella anécdota, me quedo con una enseñanza:
    Equivocarse es humano; corregir con determinación, es de valientes.

    Y eso, en cualquier terreno —ya sea de lucha, de empresa o de vida— marca la diferencia.

  • Compensa??

    Nos acordamos de Santa Bárbara solo cuando truena. Y del aeropuerto de Los Rodeos, cuando no opera.

    No soy una excepción: cada vez que quiero volar a Tenerife Norte y me cancelan o desvían el vuelo por “causas meteorológicas”, me acuerdo de que tenemos un problema estructural.

    En los últimos días se han cancelado y desviado decenas de vuelos. No es anecdótico. Es un patrón. 

    Y lo peor no es solo el trastorno individual de los pasajeros (aunque lo sufren): lo preocupante es el efecto dominó que esto tiene sobre todo el sistema. Vuelos alterados, rutas reprogramadas, pérdidas operativas, costes logísticos, tiempo improductivo. Todo suma. O mejor dicho: todo resta.

    Aterrizar en Los Rodeos tiene el encanto de la inmediatez: bajar del avión y, en un suspiro, pisar La Laguna o Santa Cruz. 

    Pero a cambio, muchos días del año, se viaja con el suspense de Hitchcock: uno no sabe si aterrizará donde quiere o donde pueda. 

    El destino no lo decide el billete, sino la nube.

    Tener infraestructuras críticas que fallan con frecuencia no es eficiente, no es rentable y no es sostenible.

    Un aeropuerto que no vuela cuando se necesita, no es un recurso: es un coste.

  • Mongomo.

    Hasta anoche, no tenía ni idea de dónde estaba Mongomo.

    El nombre me sonaba más a plato humeante que a ciudad.

    Pero hoy sé que se trata de la tercera urbe en importancia de Guinea Ecuatorial, lo cual no es poco, y que allí también hay niños, canchas de baloncesto y hombres decentes.

    Me lo mostró un buen amigo, Iván Fernández, con esas fotos que a veces dicen más que cualquier discurso: niños y niñas balón en mano, jugando, aprendiendo, soñando.

    Cada año, este conejero generoso viaja hasta ese rincón africano con una convicción que no sale en los periódicos: enseñar lo que vale la pena, educar desde el esfuerzo y la dignidad, acompañado por la Fundación Martínez Hermanos.

    Y sí, nos emocionó ver nuestras camisetas —las de Aloe Plus Lanzarote— sobre esos cuerpos pequeños y valientes.

    Era como si, por un momento, Lanzarote y Mongomo se dieran la mano en mitad de una cancha en el ecuador africano.

    Quizá convenga recordar aquí lo que decía Séneca: “Allí donde hay un ser humano, hay posibilidad de hacer el bien.”

    O como escribiría otro sabio menos estoico: “El que da, da dos veces, si lo hace con alegría.”

  • Margarona.

    Siempre que regreso a La Graciosa paso frente a su casa. 

    Si la puerta está entreabierta, como ocurre casi siempre, entro a saludarla. 

    Ella suele estar ahí, sentada en su silla del zaguán, como quien vigila la historia desde su esquina. 

    Me reconoce en segundos. La memoria no le falla: Margarona sigue tan lúcida como cuando gobernaba con temple y ternura esta tierra salada.

    A sus casi ochenta años, conserva esa mirada intensa, casi hipnótica, capaz de atravesarte en silencio. 

    Una mirada que dice más de lo que calla. Quien la sostenga por un momento comprenderá que en esos ojos habita la trayectoria de toda una isla: la lucha diaria, las transformaciones, los desafíos de un territorio pequeño en mapa pero inmenso en identidad.

    La conocí siendo apenas un chinijo. Ella atendía tras el mostrador de su tienda de aceite y vinagre, que era también punto de encuentro, de consejos, de rumores. 

    Apenas crucé la puerta, me miró y dijo: “Tú eres nieto de María Martín, de Haría, ¿verdad?” Tenía ese don para reconocerte sin haberte visto antes. Era como si llevaras el árbol genealógico escrito en la frente.

    Durante casi tres décadas fue la máxima representante de La Graciosa. La alcaldesa pedánea. La voz firme y maternal de una isla que entonces carecía de lo más básico. 

    Su etapa marcó el tránsito de un pueblo de pescadores a un enclave cada vez más vinculado al turismo. Pero ella nunca cambió. Siempre fue vecina antes que autoridad.

    Cuando le pregunto cómo está, responde con su clásica energía: “Bien, aunque las rodillas ya no me obedecen como antes.” Y sonríe con esa mezcla de humor y coraje que tanto la define.

    Hoy, una calle de Caleta de Sebo lleva su nombre. Y es justo. Porque Margarona no solo forma parte de la historia: es la historia. Representa el liderazgo en su forma más pura, ese que no busca reconocimiento pero deja huella. 

    Hay quienes, al referirse a ella, hablan de Juana de Arco. Y no les falta razón. Como la heroína francesa, fue mujer en un mundo de hombres. Se plantó, mandó, decidió y defendió. Sin espadas ni armaduras. Con la palabra. Con la determinación. Con ese instinto certero que tienen algunas mujeres que, sin buscar gloria ni estatua, terminan siendo el único bastión entre su pueblo y el olvido. 

    A Juana de Arco la quemaron. A Margarona la honramos. Pero ambas, a su manera, encendieron una antorcha.

    Y mientras ella siga sentada en ese zaguán, la historia seguirá viva en La Graciosa. Porque hay personas que no son pasado: son memoria activa, faro encendido.

    Me despido de ella sabiendo que cada encuentro con Margarona es una lección de memoria, de arraigo y de valentía.

  • Redistribuir el esfuerzo.

    Esta mañana, mientras venía en el coche, una voz en la radio pronunció una frase que desde entonces me persigue como una canción pegajosa: «hay que distribuir el esfuerzo».

    Me pareció brillante en su sencillez. 

    Certera.

    Redistribuir el esfuerzo no es un eslogan bonito. Es una propuesta revolucionaria. Que cada uno asuma su parte.

    Que no esperemos que todo lo resuelva “el sistema”, como si el Estado fuera una app de servicios infinitos, sin límites ni costes.

    El maná, si alguna vez existió, se acabó hace tiempo.

    Lo que tenemos hoy es otra cosa: la era del menor esfuerzo.
    Vivimos en un entorno que premia lo rápido, lo fácil, lo inmediato.

    Todo lo que implique espera, trabajo sostenido o sacrificio personal tiende a ser descartado por incómodo o “anticuado”.

    Pero sin esfuerzo compartido no hay estructura que aguante.
    Y sin estructura no hay crecimiento.
    Sin crecimiento no hay innovación.
    Y sin innovación, el futuro se detiene.

    Lo preocupante no es solo la falta de esfuerzo. Es que lo hemos convertido en virtud. En ideología.

    Hemos romantizado la pasividad y penalizado al que se esfuerza, al que arriesga, al que construye.

  • La alemana que nos cautivó.

    Dicen que todo final es, en realidad, un principio encubierto. 

    Que cuando se cierra una puerta —incluso la de una tienda—, se abre otra que da a horizontes más tranquilos: una silla al sol, un libro sin prisa, un café caliente sin relojes al acecho.

    Esta semana Sabine se nos prejubiló, sí. Pero no se va del todo. 

    Porque quienes han hecho bien su trabajo, y además lo han hecho con elegancia, nunca se van del todo. 

    Esta compañera deja atrás mucho más que un hueco en nuestra tienda de La Laguna: deja ejemplo, profesionalidad y una forma de estar que no abunda.

    Nos decía ayer que esperaba haber dejado una pequeña huella de luz. Y yo te digo —sin retórica ni zalamería— que esa luz no fue pequeña. 

    Que tu presencia fue, durante todo este tiempo, una constante serena. Una voz que hablaba idiomas, sí, pero sobre todo entendía personas. 

    Has dejado marca. De la buena. De la que no se borra cuando se baja la persiana.

    Porque tú no solo vendías productos. Vendías confianza. Seguridad. Y eso no hay catálogo que lo enseñe ni curso que lo explique.

    En estos tiempos grises, donde todo corre y casi nadie se detiene a mirar a los ojos, tenerte en el equipo fue una fortuna. 

    Por tu trabajo impecable, sí. 

    Pero también por tu manera de ser: firme sin arrogancia, amable sin esfuerzo, generosa sin aspavientos. Con ese acento tuyo que no sabíamos ubicar, pero que siempre sonó cercano.

    Dices que te dimos una oportunidad. No sé si nosotros te dimos una oportunidad. Lo que sí sé es que tú la aprovechaste como pocas lo harían.Y eso no se olvida.

    Porque no basta con entrar en un lugar; lo importante es dejar huella al salir.

    Ahora empieza otra etapa. Tuya. Solo tuya.
    Te la has ganado a pulso.

    Aquí seguimos los demás, claro.
    Con algo de nostalgia, sí. Pero también con la tranquilidad de haber trabajado con alguien que ha dejado el listón alto.

    Muy alto.

    Te deseamos salud, tiempo de calidad y todo lo bueno que mereces.