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  • Quieto todo el mundo.

    Esta semana murió el hombre que gritó: «Quieto todo el mundo».

    Y más allá del personaje y de suceso histórico, hay algo que conviene recordar desde una mentalidad empresarial: los países no se construyen desde la parálisis.

    Hace 45 años alguien pensó que podía detener el rumbo de una nación a base de autoridad y miedo.

    Que bastaba un grito para congelar decisiones, inversiones, ilusiones y futuro.

    Duró menos de 24 horas.

    Porque cuando una sociedad ha decidido avanzar, no hay orden que la haga retroceder.

    Y eso es exactamente lo mismo que ocurre en la empresa.

    Puedes tener incertidumbre.
    Puedes tener riesgo.
    Puedes tener errores.

    Lo que no puedes tener es inmovilismo.

    El crecimiento —de un país o de una compañía— es una consecuencia directa de la libertad para actuar, invertir, crear y competir.

    Cuando bajas la persiana por miedo, ya has perdido.

    Cuando te quedas quieto esperando que otros decidan por ti, el mercado te pasa por encima.

    España siguió avanzando. Las empresas siguieron creando. La economía siguió moviéndose.

    Esa es la lección.

    Que nadie vuelva a decirnos «quieto todo el mundo».

    Porque los países —igual que las empresas— mueren cuando se quedan quietos.

    Y este no es un país hecho para quedarse quieto.

  • Tajasnoyo.

    Ahora, cuando Lanzarote aún respira la humedad que dejaron las generosas lluvias de enero, nuestro campo se ofrece sin reservas.


    Hay un lugar donde esa belleza se vuelve extraordinaria: las laderas y montañas del municipio de Haría.


    Allí, bajo la sombra del risco de Famara y en los valles que se descuelgan por el norte de la Isla, late la mayor concentración de vida singular de Lanzarote.


    Dicen que hasta el noventa por ciento de los endemismos de la isla encuentra cobijo entre esos pliegues de roca y viento.


    De entre todos ellos, quiero hablarles de uno que siempre me ha fascinado: el tajasnoyo, Ferula lancerottensis.


    Es una planta herbacea, nacida para resistir, endémica y soberana de Lanzarote.


    Su nombre, sin embargo, arrastra una segunda vida.


    En boca de nuestras madres, “pareces un tajasnoyo” no era un elogio botánico, sino una orden encubierta: espabila.


    Era la forma isleña de sacudir al distraído, al que andaba en las nubes, al que hacía el bobo sin darse cuenta.


    Llamar a alguien tajasnoyo quizá sea reprocharle su aturdimiento.

    Pero mirar de cerca su flor obliga a otra cosa: a reconocer que incluso en lo que parece torpe o desgarbado puede esconderse una belleza obstinada, que solo espera ser descubierta.

  • Proexca.

    Desde hace un tiempo, PROEXCA —la entidad que impulsa la proyección exterior de las empresas de Canarias— está haciendo algo que, desde un punto de vista empresarial, tiene mucho sentido.

    Ha incorporado en sus ayudas a la internacionalización convocatorias diferenciadas para las islas no capitalinas, esas que todavía algunos llaman periféricas, sin entender bien lo que implica operar desde ellas.

    La realidad es sencilla: no se compite en igualdad de condiciones.

    Las islas con mayor tamaño económico, mejores conexiones y más masa empresarial parten con ventaja.

    Las otras, además de enfrentarse a los mismos retos que cualquier empresa que quiere salir fuera, soportan el sobrecoste estructural de la doble insularidad.

    Y eso no es un relato: es una cuenta de resultados.

    Diferenciar no es privilegiar. Es ajustar el punto de partida para que la competencia sea real.

    Si queremos que más empresas de todas las islas se internacionalicen, hay que asumir que no todas arrancan desde la misma línea.

    La iniciativa es acertada. Y sería razonable que otras instituciones tomaran nota y diseñaran líneas específicas para las mal llamadas islas menores.

    Porque la equidad económica no consiste en repartir igual, sino en corregir desventajas estructurales.

    Tal vez entonces las mal llamadas islas menores descubran que lo único menor era la mirada con que se las observaba.

  • El lado correcto.

    Escuché a Yolanda Díaz proclamar, con la solemnidad de quien parece haber consultado ya las actas del porvenir, que nuestro Presidente se ha situado en el “lado correcto de la Historia”.

    Y yo me pregunto:

    ¿Cuántos lados tiene la Historia?

    ¿Dos, como en las películas de buenos y malos?

    ¿O tantos como hombres dispuestos a contarla?

    ¿Quién se atreve a repartir las etiquetas?

    ¿Quién se arroga la potestad de ungir héroes y condenar villanos desde su atalaya moral?

    Inevitablemente surge otra pregunta: ¿de qué Historia habla?

    Y, más importante aún, ¿quién sostiene la pluma?

    Porque la Historia no la redactan dioses ni oráculos; la escriben hombres y mujeres con intereses, miedos y ambiciones.

    Y rara vez lo hacen desde la neutralidad y objetividad.

  • León.

    En la sabana, un león nace sin saber que un día será rey.

    La autoridad allí​, no se proclama: se conquista. Y se sostiene.

    En junio llegará a Canarias un León vestido de blanco.

    No trae colmillos ni viene con ejército.

    Su ​poder es de otra naturaleza: la palabra, el símbolo, la conciencia.

    Un poder más frágil en apariencia, pero capaz de incomodar a gobiernos y remover silencios.

    Cuando llegue al Archipiélago, besará una tierra acostumbrada a la hospitalidad y al ​olvido.

    Pisará un territorio que ha mirado de frente, casi en soledad, el drama persistente de la inmigración.

    Este león no administra fronteras​, ni firma decretos migratorios.

    Pero su presencia no es inocente.

    Cuando un pontífice viaja a un lugar como este, no lo hace para la fotografía.

    Lo hace para señalar.

    Y señalar, en política y en historia, es una forma de tomar partido.

    Porque ser rey — en la sabana o en Roma — no consiste únicamente en ocupar un trono.

    Consiste en recorrer el territorio, asumir el peso de lo incómodo y mirar donde otros prefieren apartar la vista.

    Y a veces, eso basta para que se actúe.

  • Quevedo.

    Para quienes aún conservamos la costumbre de nombrar el mundo con palabras propias, ha sido un soplo de aire limpio escuchar la última canción de Quevedo.

    Confieso que apenas lo conozco.

    Su música no frecuenta mis listas, su estilo, admito, no es el que me define.

    Pero una cosa no excluye la otra: hay que saber quitarse el sombrero cuando alguien acierta.

    Y este muchacho ha acertado.

    Primero, porque ha logrado algo nada sencillo: llamar la atención de quienes no lo seguíamos, obligarnos a detener el paso y prestar oído.

    Y segundo —lo más importante— porque ha puesto en pie, con naturalidad y sin complejos, palabras que son carne y memoria del pueblo canario.

    “Ni borracho” se ha convertido en bandera para una parte de la juventud isleña que reconoce en él a un ídolo cercano, alguien que habla como ellos hablan y siente como ellos sienten.

    Y en esa identificación hay algo más que una melodía pegadiza: hay orgullo, pertenencia y una forma de estar en el mundo.

    Magua me da —y lo digo saboreando la palabra— no tener la edad de esa muchachada que vibra con un poeta urbano de nuestro tiempo llamado Quevedo.

    Un Quevedo que nació cuatro siglos después de aquel otro, el del Siglo de Oro, don Francisco, que manejaba el idioma como una espada.

    Distintos siglos, distintas trincheras, pero la misma batalla eterna: la de las palabras.

  • Podar.

    De viticultura sé lo justo: distinguir un vino bueno de uno que no lo es.

    De algo habrán servido las catas a las que me invita el mi amigo Pedro Benasco.

    He oído que ahora llega el momento de la poda.

    Ese tiempo incómodo pero necesario.

    El que alarga la vida de la vid, rejuvenece la planta y facilita el trabajo cuando llegue la vendimia.

    Y pienso que no nos vendría mal aprender de la parra.

    Pararnos, una vez al año al menos,

    y podar sin miedo todo aquello que no nos deja dar lo mejor de nosotros mismos.

    Luego nos preguntamos por qué no damos una buena cosecha.

  • Por si…

    Ayer me recordaron que, este mes, vence la calibracion de los desfibriladores que tenemos repartidos por la empresa.

    Nada extraordinario. 

    En esta vida todo caduca, tarde o temprano.  

    También habrá que cambiar los electrodos de cada equipo.

    Nunca hemos tenido que usarlos.

    Ojalá siga siendo así.

    A pesar de ello, cada cierto tiempo hacemos formaciones para que el personal sepa cómo funcionan y qué hacer si llega el momento.  

    Las enfermedades cardiovasculares se han convertido en una de las grandes amenazas de nuestro tiempo. 

    Los hospitales lo saben bien; sus pasillos, también.

    Prevenir es un deber personal. Prepararse, una obligación colectiva.

    Por la parte que nos toca, llevamos años preparados para intervenir.

    Con una sola intención: estar listos… confiando en no tener que demostrarlo nunca. 

  • Con Amor.

    Hay premios que no van de medallas.
    Van de personas.

    De manos que llevan toda una vida tocando la tierra.
    De familias que hacen vino sin hacer ruido.
    Y de alguien que un día decide que eso… merece un futuro.

    Amor López, enóloga lanzaroteña, acaba de recibir el Premio Isabel Mijares como “Nueva Generación”.
    Pero lo importante no es el título.

    Lo importante es lo que hay detrás:
    una bodega fundada en Tao, en 2021, con una idea muy simple y muy difícil:
    hacer vino con respeto.

    Respeto al territorio volcánico.
    A lo artesanal.
    A lo que se ha hecho durante más de medio siglo en su casa.

    Y al mismo tiempo, una mirada nueva. Sin postureo. Sin copiar.
    Vinos de autora. Vinos con identidad.

    Que se premie a una mujer joven en un sector así no es casualidad.

    Es una señal.

  • Nipah.

    ​Hoy nos dice Tourisnews que un destino turístico como República Dominicana está tomando medidas preventivas contra el nuevo virus Nipah.

    Y me viene a la cabeza que, no hace tanto tiempo, el COVID también era un nombre raro, un virus lejano, una cosa de telediario entre mercados húmedos y mapas de Asia.

    Aquí, lo mirábamos con esa arrogancia cómoda de quien cree que las tragedias siempre pasan en otro sitio.

    Hasta que pasó aquí.

    Y conviene recordar un detalle: el primer caso detectado en España fue en Canarias.

    Una puerta de entrada natural, por turismo, por conexión, por geografía. No por culpa de nadie. Simplemente porque el mundo es así: abierto, rápido, global.

    Hoy se habla del virus Nipah. Otro nombre exótico para algunos. Otro asunto “de lejos”.

    Y no, no se trata de anunciar el apocalipsis ni de vivir con miedo. Se trata de algo mucho más simple y mucho más serio: aprender.

    La prevención no es pánico. La vigilancia no es paranoia. La salud pública no es un lujo: es una línea de defensa.

    Porque las pandemias modernas no llegan con tambores. Llegan en silencio. En un vuelo comercial. En un despiste.

    La llamada a la acción es invertir en detección temprana, reforzar la sanidad y apoyar la ciencia.

    No porque Nipah esté aún lejos.

    Sino porque si algo nos enseñó el COVID es que lo lejano, a veces, tarda poco en volverse cercano.