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  • Certidumbres.

    Necesitamos certidumbres.

    Y no hablo de conocer de antemano la combinación ganadora de la Bonoloto, aunque tentador sería.

    Me refiero a reglas del juego claras, iguales para todos, que no se cambien al capricho de intereses momentáneos.

    Vivimos en una época en la que, lamentablemente, cuesta fiarse de casi nada.

    Predomina el famoso “donde dije digo, digo Diego”.

    En la empresa, como en la vida, hay que asumir riesgos: unas veces se acierta, otras se aprende.

    Pero lo que no podemos aceptar por imposición son las inseguridades o las ambigüedades.

    Podemos ser audaces, sí, pero no suicidas.

    Que la audacia es un salto calculado; la locura, un empujón sin aviso.

  • Septiembre.

    El 1 de septiembre, cada año, se parece mucho al 1 de enero.

    Aunque el calendario insista en recordarnos que estamos en el noveno mes, la sensación es la misma: vuelta a empezar.

    Septiembre llega con esa falsa calma de las despedidas largas, como si el verano fuera un viejo amigo que ya ha recogido sus cosas, pero sigue ahí, en la puerta, hablando de cualquier cosa para no marcharse.

    Es tiempo de propósitos nuevos, de libretas por estrenar que todavía huelen a imprenta.

    Ahora toca encarar la cuesta de septiembre, que no siempre es más corta que la de enero.

    En Lanzarote, como último brindis estival, nos queda la fiesta de Nuestra Señora de Los Volcanes —la Virgen de Los Dolores—, y después, sin remedio, nos adentramos en la penúltima estación del año.

    Este mes nos ofrecerá un instante único: el equilibrio exacto entre el día y la noche, que ocurrirá el 22.

    Y, como regalo adicional, el 7 de septiembre la luna se teñirá de sangre en un eclipse total que merecerá ser visto.

    Para los que no hemos tomado vacaciones en verano, solo queda decir ánimo: aún tenemos tres meses por delante.

    Tres meses para remar, sin olvidarnos de que, tarde o temprano, el año se nos acaba siempre demasiado deprisa.

  • Santana.

    Fue mi primer maestro de inglés.

    Lo veo todavía: pizarra detrás, tiza en mano, y la frase de siempre, como si fuera la contraseña para entrar a su mundo:
    “Good morning, children, open de book…”

    Tenía sed. Y hambre.
    De saber, de enseñar, de discutir.
    De tener razón, o de reírse si no la tenía.

    Erudito por acumulación.
    Entusiasta por contagio.
    Incansable por costumbre.

    Fue el primer alcalde de mi municipio elegido en democracia.
    Y el primero en irse sin que lo echaran.
    Se fue porque quiso.
    Porque dijo “basta” y se obedeció a sí mismo.

    Nunca dejó la política.
    La política tampoco lo dejó a él.

    La política es así: vieja amante que sabe dónde vives y tiene copia de la llave.

    El campo de Lanzarote le debe mucho. Sobre todo, el mundo de la vid.

    Últimamente hablaba de enología como otros hablan de Dios o de goles.
    Y uno, escuchándolo, bebía con las orejas.

    La Fundación José Clavijo y Fajardo, que presidía, ahora queda huérfana.

    Y no es huérfana cualquiera:es de las que se quedan mirando la puerta por si el padre vuelve.

    Yo me quedo con su imagen de siempre:
    hombre vivaracho, incombustible, que encontraba un hueco para soltarme, con media sonrisa:
    “¿Cómo va la cosa, Martinito?”

     Hoy me dicen que Juan Santana de León ha muerto.Y yo sólo puedo decir una cosa:
    Gracias, maestro.
    Descansa en paz.  

  • Clientes vitamina.

    Son esos que te alegran el día.

    Ayer, Sheila —que manda en el Museo de Arrieta sin alardes, solo con una sonrisa— me contó una historia que vale por mil.

    Regresaron.
    Los alemanes.
    Dos señores mayores y su hija.

    Los mismos del verano pasado.
    Los mismos que entonces descubrieron la crema de arcilla.

    La hija se inclinó un poco. Bajó la voz. Como quien comparte un secreto:
    “Para mi piel —sensible, seca— fue un acierto total”.

    Este año sumó otro tesoro a su lista: nuestro nuevo sérum capilar.
    Lo usó cada día después de la playa.

    Y lo llamó con una sola palabra, casi como un conjuro: magia.
    Su pelo, antes reseco, volvió a ser pelo.
    Suave. Vivo.

    Mientras, los padres felices con sus labiales, su bálsamo nuevo y su body milk.

    Tanto les gustó todo que no solo compraron para llevar… también pidieron un envío directo a Alemania.

    Clientes así no solo compran.
    Recuerdan.
    Vuelven.
    Agradecen.

    Reconocen a la marca. Y a quienes la defienden cada día.

    Eso es lo que llamamos clientes vitamina.

    Gracias, Sheila, por la dosis extra de energía.

  • Garajes.

    Ese sitio donde tiramos trastos que ya casi ni miramos.

    Ese rincón polvoriento.

    Ese garaje que parece muerto… es, paradójicamente, una fuente de inspiración.

    En Lanzarote, por cómo son nuestras casas terreras, es fácil encontrar uno en cada hogar. 

    Para algunos es solo un hueco para aparcar o guardar cajas. Para otros, un escape. 

    En espacios así, diáfanos como una página en blanco, han nacido historias.

    Como la nuestra… la del grupo Aloe.

    Era un garaje de treinta metros cuadrados. Nada más y nada menos.

    El día que lo vi me pareció una catedral.

    No sé qué uso tendrá ahora.

    No sé si guarda coches o fantasmas.

    Lo que si sé es que, de cuando en cuando, regreso al barrio de Maneje, en Arrecife, a mirar, a oler, a tocar con los ojos el lugar donde empezó to​do.

  • El olivo.

    En mi casa tengo un olivo.  

    Me gusta detenerme a mirarlo cada mañana.

    Da una extraña seguridad pensar que, mientras el mundo se tambalea, ese tronco nudoso sigue ahí, inmóvil, desafiando al calendario. 

    No sé dónde germinó por primera vez ni en qué pedazo de tierra hundió sus raíces; pero puedo imaginarlo resistiendo sequías implacables, fuegos caprichosos o tormentas que a otros habrían tumbado. 

    Sin embargo, sigue firme: áspero, robusto, arrugado como la piel de un veterano que ha sobrevivido a demasiadas batallas.

    Lo compré en Fuerteventura. Allí sobrevivía por instinto vegetal.

    Alguien escribió en su día que «el olivo es el árbol que nunca muere» y seguro que tenía razón.

    Contemplarlo cada mañana es una lección silenciosa de paciencia, resistencia y dignidad

  • Algo está cambiando.

    Es un gustazo ver cómo, poco a poco, españoles se sientan en las mesas donde se corta el bacalao en las grandes multinacionales.

    Esta mañana nos hemos desayunado con la noticia de que Juvencio Maeztu es el nuevo CEO del gigante IKEA.

    Y no es un caso aislado.

    Es la prueba de que tenemos una hornada de directivos empresariales que juegan en Champions.

    El lenguaje del fútbol lo explica mejor: en el once ideal del mejor equipo del mundo ya tenemos varios cracks con DNI español.

    Ramón Laguarta manda en PepsiCo.

    Joaquín Duato dirige Johnson & Johnson.

    José Muñoz está al frente de Hyundai… y podríamos seguir llenando la alineación con figuras que mandan más que muchos gobiernos.

    En la empresa, España ya es potencia mundial.

    Ojalá en otros campos dejemos de jugar al pase atrás o al patadón y empecemos a ir a por el gol.por el gol.

  • Tierras de fuego.

    Aunque uno haya nacido en secano y lo más verde que hayamos tenido sea el bosquecillo —ese suspiro de árbustos en la montaña de Haría—, no deja de doler ver los incendios que se comen España. 

    Duele imaginar a quienes tienen que dejar atrás su casa, sus recuerdos, sus cosas.

    Duele más —mucho más— pensar en los que pierden a un ser querido, tragado por el fuego.

    Eso no se olvida.

    No se cura.

    Desde esta isla, tierra también de fuego, va un abrazo solidario y toda la suerte del mundo para los que pelean contra las llamas.

  • Los manzanos de Susín.

    Estos días me he llevado una de esas alegrías que te reconcilian un poco con la especie humana.

    Un amigo de la infancia —compañero de mil correrías por el pueblo de Máguez— al que no veía desde hace años, anda metido en una empresa tan sencilla como heroica.

    Jesús Pérez, “Susín” para los que lo conocemos desde que apenas levantábamos un palmo del suelo, se ha empeñado en reforestar una zona del pueblo.

    Y no de boquilla, como hacen tantos.

    Ya lleva plantados ciento cincuenta y cuatro pinos, y cada cierto tiempo, garrafa en mano, sube a regarlos él mismo, porque hasta allí no llega el agua corriente.

    La historia completa está en Diario de Lanzarote: enlace.

    Susín es de esos hombres que quieren dejar huella. Y no una de cemento o asfalto, sino de las que germinan y dan sombra.

    Huella que obliga a pensar sobre el valor de la naturaleza y sobre lo poco que hacemos, en general, para protegerla.

    Su gesto me recordó una frase atribuida a Martin Luther King: «Aun si supiera que el mundo mañana se habría de desintegrar, igual plantaría hoy un manzano».

    Pues bien:  Susín planta pinos, no manzanos, pero la música es la misma: la nota del hombre que planta sabiendo que quizás no verá el bosque, pero igual lo planta.

    Fotografía: Adriel Perdomo.

  • Ya está aqui.

    Con la globalización pasa lo que pasa: trae comercio, progreso, curiosidades exóticas… y también trae las viejas pestes con pasaporte nuevo.

    Este fin de semana, me enteraba de que se había detectado en la isla de Tenerife la presencia de la filoxera.

    Una plaga que ha devastado viñedos en todo el mundo y que ataca directamente las raíces y hojas de la vid.

    Hasta hace unos días, Canarias era la última trinchera de Europa que se mantenía intacta. Ni una sola cepa tocada por ese insecto maldito.

    Ahora esa frontera ha sido violada.

    Esto nos daba una ventaja competitiva y un valor diferencial, especialmente en Lanzarote, donde nuestra forma de cultivo es única y produce una variedad irrepetible: la Malvasía Volcánica.

    La llegada de la filoxera no es un problema menor. Puede afectar gravemente a nuestra producción, a nuestro patrimonio vitivinícola y a toda una industria que depende de él.

    Por eso, es clave actuar ya: reforzar la vigilancia en fronteras, controlar la entrada de material vegetal y, sobre todo, monitorizar nuestros cultivos para que, si la plaga aparece, podamos erradicarla de inmediato.

    Aquí no se trata solo de vino.

    Se trata de proteger un activo estratégico, cultural y económico para Canarias y especialmente par Lanzarote.