
Este sábado se reúne un grupo de gente que ronda entre los cincuenta y los sesenta años.
Personas que tienen algo en común: haber crecido en el norte de Lanzarote.
Los organizadores lo explican muy bien.
Da igual que cada uno participara en una murga, en un grupo de teatro, en un equipo de fútbol, en la organización de las fiestas del pueblo, en un rally o en cualquier otra locura de juventud.
Lo importante es el reencuentro, y lamento muchísimo no poder asistir.
Porque leer la convocatoria me ha llevado, sin pedir permiso, a la infancia.
A aquel grupo de chinijos que nacimos en Máguez entre finales de los sesenta y los primeros años de los setenta.
Nosotros no compartíamos únicamente un pueblo.
Compartíamos una forma de vivir.
El Callejón era mucho más que una calle.
Era nuestro universo.
Allí aprendimos que para divertirse no hacía falta dinero. Bastaban unos amigos, imaginación y que el sol tardara un poco en esconderse.
Jugábamos hasta que alguien nos llamaba por nuestro nombre desde la puerta de casa.
Hacíamos recados sin preguntar qué nos iban a dar a cambio.
Nos reuníamos en la única vivienda que tenía un televisor en blanco y negro, de un solo canal, para ver aquello que entonces nos parecía el mundo entero.
Íbamos caminando al colegio. Primero al de abajo. Después al de arriba.
Y allí estaban María del Pino, María de los Ángeles y don Jesús, enseñándonos mucho más que a leer y escribir.
Nos enseñaban, sin decirlo, a ser personas.
Hoy todo parece más moderno.
Tenemos más pantallas, más comodidad y muchas más cosas.
Pero no estoy seguro de que tengamos más vida.
Porque hay una riqueza que solo existe cuando miras hacia atrás.
Y consiste en descubrir que fuiste inmensamente feliz cuando no sabías que lo eras.
Eso, y nada más que eso, es la infancia.