Yolanda.

Esta mañana, mientras me afeitaba en Fariones, escuché en la radio una noticia que casi hace que la cuchilla me pase factura.

Yolanda Díaz aspira a dirigir la Organización Internacional del Trabajo.

Confieso que, durante unos segundos, mi cabeza se fue a otro sitio.

A Pablo Milanés.

A aquella Yolanda que convirtió un nombre corriente en una de las canciones de amor más bonitas escritas en español.

Después caí en la cuenta de que hablaban de otra Yolanda.

​Cuando el respaldo de las urnas empieza a menguar, ​hay quienes descubren que las puertas también giran hacia los organismos internacionales.

Es curioso como un mismo nombre pueda evocar dos mundos completamente distintos.

Uno nos dejó una canción que seguirá emocionando dentro de cincuenta años.

El otro nos deja un titular que, como casi todos los titulares políticos, tendrá fecha de caducidad.

Al final terminé de afeitarme sin cortarme.

Y con una certeza: seguiré prefiriendo la Yolanda de Pablo Milanés.