Autor: Martín Eugenio Pérez Hernández

  • 168 horas.

    Siete días. Con sus noches. Y me bastó.

    Siempre tuve reparos con Colombia.
    Cuando alguien lo mencionaba, mi cabeza se iba directa a imagenes de violencia, drogas, clichés.
    Lo de siempre.

    Y resulta que, como pasa tantas veces en la vida, estaba equivocado.

    El país del realismo mágico, cuna de García Márquez y de Botero, está viviendo una nueva etapa.

    Su gente  no quiere heredar ni el miedo, ni el plomo del pasado.

    Colombia es otra cosa.
    Es un país que no solo te recibe, te abraza.
    Con gente amable, trabajadora y con una sonrisa que te desmonta cualquier prejuicio en dos minutos.

    Estuve en Medellín, en una de las ferias de cosmética y belleza más importantes de Latinoamérica.
    Y te lo digo claro: no tiene nada que envidiarle a las ferias que se hacen en Europa.
    Profesionalismo, visión, energía.
    Todo lo que hace falta para jugar en primera.

    Colombia, este país de café, talento y empuje, está a punto de convertirse en un hub serio para los negocios en esta parte del mundo.
    Y lo va a lograr. No por suerte. Por trabajo.

    Tiene dos activos que no fallan:
    Su gente.
    Y sus riquezas naturales.

    Han sido 168 horas.

    Lo justo para comprender que estaba equivocado.
    Y lo suficiente para admirar la dignidad de un país que pelea cada día por contarse a sí mismo con otras palabras.

  • Ya no quedan carozos.

    Los recuerdo apilados, con su silueta áspera y dorada, en un rincón del patio de la vieja casa de Máguez. 

    Eran tiempos en los que todo tenía su propósito. 

    Allí aguardaban, pacientes, su turno para avivar brasas: en la matanza del cochino, en asaderos de sardinas junto a la costa, o —como en esta víspera de San Juan— para arropar con fuego lento a las piñas, antes de que la noche estallara en hogueras y alegría.

    Hoy todo eso suena a cuento viejo, a historia de abuelo con la mirada perdida.

    Pero no fue hace tanto. Antes de que el carbón empaquetado nos hiciera sentir modernos, los carozos eran el fuego de la casa.

    Te hablo del carozo del millo. Lo que queda cuando el maíz ya dio todo lo que tenía.

    Lo que muchos tiran, pero nosotros guardábamos como oro seco. Porque servía. Porque valía.

    El millo, en Canarias, no fue solo un cultivo: fue resistencia, fue supervivencia.

    Durante décadas sostuvo el crecimiento de nuestras islas, ofreciendo un grano más generoso y constante que el trigo.

    Pero su historia es también la nuestra: la del gofio amasado en la palma de la mano, la del pan de millo.

    Nunca faltaba. Ni en la olla, ni el alma.

    Porque el millo no es solo maíz. Es cultura, es memoria y es pertenencia. Y en su carozo, aunque ya casi olvidado, se condensa el fuego discreto de nuestra identidad.

  • Como cabras.

    Nos despertamos cada mañana con el sobresalto habitual.

    A veces es Trump, con su última ocurrencia.

    Otras, los audios de la UCO, que ya deberían tener su propio programa de radio.

    Y si no es eso, es un ganadero canario en penitencia por tener cabras que huelen a cabra.

    Sí, vamos como cabras. Y no es metáfora: es diagnóstico.

    Según Atlántico Hoy, hay un ganadero en Tenerife (La Matanza), al que han denunciado por olores campestres.

    No por corrupción, ni por fraude fiscal, ni por explotar turistas, sino por tener 170 cabras que hacen lo que hacen las cabras: oler a campo.

    La denuncia viene del dueño de una vivienda vacacional y de vecinos con pituitaria fina y urbanismo selectivo.

    Tourinews lo recoge también en su edición de ayer.

    Queremos turismo rural pero sin lo rural. Naturaleza, sí, pero desodorizada.

    Campo, claro, pero sin estiércol.

    Autenticidad, por supuesto, pero con wifi y sin ruido.

    Como diría mi abuela, esto es el mundo al revés: los conejos contra las escopetas.

  • Adiós Presidente.

    Ayer, sin previo aviso y como si al tiempo le diera por jugar a la ruleta rusa con la historia, perdimos a dos nombres mayores de la política canaria. 

    No políticos, sino prohombres, palabra en desuso como el respeto entre adversarios: Manuel Hermoso Rojas y Antonio Lorenzo Martín.

    Uno fue Presidente de Canarias, el otro del Cabildo de Lanzarote, y ambos —en tiempos donde gobernar no era guerrear— supieron hacer del pacto y del acuerdo un deber cívico.

    Del primero, Manuel Hermoso, nos queda la imagen del político que, como funambulista del nacionalismo, logró unir lo disperso y sentarse en la silla autonómica sin caerse del alambre (1993-1999). 

    Del segundo, Antonio Lorenzo, el mérito inaugural: ser el primer presidente del Cabildo de Lanzarote elegido en democracia, allá por 1979, cuando la Transición todavía olía a tinta fresca.

    Hoy, mientras el consenso hace mutis por el foro y la política se disuelve en monólogos y trifulcas, el legado de ambos reluce más por contraste que por costumbre. 

    Que en paz descansen dos hombres que sabían lo que era gobernar.

  • Hay visitas que no entran por la puerta, sino por el alma.

    La semana pasada tuvimos una de esas en el Museo de Punta Mujeres.

    Nada más y nada menos que 56 chinijos y chinijas del Colegio de Costa Teguise, con sus profes a cuestas y una energía que ni los volcanes.

    Tienen solo 4 años, sí. Pero llegaron con las pilas puestas y las ganas intactas de descubrir cosas nuevas.

    Y si hay alguien capaz de encenderles la chispa de la curiosidad, esa es nuestra compañera Idaira.

    Les habló del aloe como quien cuenta un secreto de esos que no se olvidan nunca.

    Habían hecho los deberes, sí.

    Pero aquí aprendieron lo otro: lo que no cabe en los libros ni en las fichas de colores.

    Aquí tocaron. Olieron. Sintieron. Aprendieron sin saber que aprendían.

    Se fueron con un pequeño detalle y la foto con Aloito… y algo mucho más importante: una semilla plantada.

    La del respeto por lo natural. La del valor de lo nuestro.

    Nos encanta recibir visitas.

    Pero lo que de verdad nos emociona es ver cómo, desde tan pequeños, aprenden a valorar este tesoro de la naturaleza.

  • Un médico a bordo

    Hoy, volando de Canarias a la Península, ocurrió algo que te pone los pies en la tierra aunque estés a 11.000 metros de altura.

    A poco más de media hora de aterrizar, la megafonía lanzó un mensaje claro y urgente: “¿Hay algún médico a bordo?”

    Ese tipo de frases, en un avión, te cambia el enfoque al instante.

    Todo lo que parecía importante hace un segundo, deja de serlo. Sólo deseas una cosa: que haya alguien capacitado para ayudar. Que, por suerte, la había.

    Una pasajera se des​vaneció. Y entre todos nosotros, había una doctora. Sin dudarlo, actuó. La atendió con calma, con profesionalidad. Poco a poco, la mujer se fue recuperando.

    Al aterrizar, ya la esperaba un equipo médico.

    Todo fluyó, como debe fluir: con preparación, con responsabilidad, con personas capaces donde más se necesitan.

    Esta experiencia me recordó algo que intento aplicar en mi vida: rodéate de personas que aporten valor real. En tu familia, en tu equipo, en tu entorno.

    No se trata de cuántos te acompañan, sino de quiénes están cuando las cosas se complican.

    Gracias a todos los que me rodean, los que suman, los que no solo están en las fotos, sino en los momentos en los que se necesita actuar.

    La vida, como los vuelos, tiene turbulencias. Lo importante es con quién las enfrentas.

  • En serio?

    Nos pasa.

    Le pasó al jugador norteamericano Ben Shelton, en Roland Garros el pasado domingo, 1 junio.

    Estaba jugando contra Carlos Alcaraz. Partido tenso, de esos que se juegan con el cuerpo, pero también con la cabeza.

    Y de repente, Alcaraz gana un punto. Legal para todos, menos para él. Porque solo él vio la irregularidad. Nadie más. Ni el árbitro, ni el rival, ni la grada. Solo él.

    Y, ¿qué hizo?

    Lo devolvió.

    Sí. Renunció al punto. Porque sabía que no era suyo.

    Y el otro se quedó como nos quedamos todos cuando alguien hace algo así: con la cara de “esto no pasa nunca” y comentó «really?».

    Qué raro nos resulta ver a alguien con principios. Qué triste que la honestidad parezca extravagancia.

    Pero lo bueno es que el deporte (sobre todo el tenis) a veces nos da estas bofetadas de realidad.

    Nos recuerda que aún queda gente que prefiere hacer lo correcto aunque cueste. Aunque duela. Aunque nadie lo aplauda.

    Una lección que vale más que el punto. Más que el partido.

    Y sí, quizás nos haga falta perder más puntos así… para no perder del todo el norte.

  • Jabón sólido

    Laura trabaja en una farmacia de día, y es una alquimista de olores y texturas al caer la tarde.

    Se ha convertido, sin proponérselo, en una suerte de embajadora prodigiosa de nuestra marca. 

    Y no una embajadora cualquiera, sino una que receta belleza, entre estanterías repletas de promesas en frascos, botes y cajas.

    Lo que en otros sería opinión, en ella es veredicto. 

    Hace unos días, Laura probó nuestro nuevo jabón sólido — el que está cambiando el verbo “asearse” por el arte de mimarse— y nos dejó esta joya aromática:

    «Acabo de usar el champú sólido y vaya maravilla… hace la espuma perfecta, no reseca y no enreda, te deja un brillo espectacular. Qué decir de su aroma a frambuesa, que te envuelve en un algodón de nube que nos traslada a la infancia.»

    Leerla es casi olerla. Oírla es casi tocar la espuma.

    Gracias, Laura, por ponerle poesía a la higiene.

  • Mario Luis López Isla

    Hace seis meses hice lo que a veces no se hace: asumir un compromiso. 

    Fue con Mario Luis López Isla, escritor e historiador cubano con quien coincidí —por esos caprichos del calendario— en Gran Canaria.

    A Mario Luis lo conocí en Cabaiguán, Cuba profunda, allá por los años finales del siglo pasado (dicho así parece una eternidad). Corría 1998, y desde entonces nuestra amistad ha sido como las buenas novelas: no importa el tiempo ni la distancia, se abre y se lee con gusto.

    Durante años, Mario Luis fue algo así como un embajador apócrifo de Canarias en Cuba: hablaba de islas mientras habitaba en otra, tejía puentes entre memorias. 

    Ahora vive en Icod de los Vinos, Tenerife, con su familia y con la misma pasión de siempre, aunque algo más al oeste.

    Fue él quien me narró —como se narran las tragedias que duelen en carne ajena— la historia del Valbanera, ese buque naufragado en 1919 con 488 almas a bordo, muchas de ellas canarias que cruzaban el Atlántico en busca de otra vida y encontraron otra muerte.

    Lo mejor de conversar con este cubano de corazón isleño es que siempre tiene algo que decir. Y lo dice bien. Con esa pausa suya de quien sabe, de quien vivió, de quien recuerda.

    Hasta la próxima, Mario Luis. Que siempre haya algo que contar.

  • Visita de APSAL.

    Hay visitas que te tocan. Que llegan sin hacer ruido y se quedan para siempre.

    Como la que tuvimos hace unos días en Punta Mujeres.

    El día amaneció brillante, con esa luz que parece decirte: hoy va a ser un buen día. Y vaya si lo fue. 

    Recibimos a un grupo de amigos de la Asociación de Personas Sordas de Arrecife y Lanzarote (APSAL), y lo que pasó después fue mucho más que una simple visita.

    Les abrió las puertas Natalie, una anfitriona de lujo. No solo los recibió: les regaló lo mejor que tenía. Su tiempo, su experiencia, su corazón. Y eso, se nota. 

    Puso el alma y su saber hacer, para que la jornada fuera algo más que una simple visita: la convirtió en un encuentro cálido, de los que se agradecen en silencio o con una mirada.

    Nos honra dar visibilidad a momentos así. 

    Porque la inclusión no se predica: se ejerce. 

    Porque dar visibilidad no es subir una foto bonita.

    Es apoyar encuentros que suman, que unen, que enseñan. Y que nos recuerdan que lo verdaderamente grande, a veces, se dice sin palabras.