Monedas.

He tratado de rebobinar la memoria —darle marcha atrás como a una cinta gastada— para ver en qué momento exacto tintinearon por primera vez las monedas en mis manos.

No es fácil: la memoria, como el bolsillo de un pantalón viejo, siempre guarda algo y siempre pierde otra cosa.

Vuelven, nítidas, la media peseta, la peseta, el duro y los cinco duros. No como simples piezas de metal, sino como pequeñas conquistas de la infancia.

Nos las daban los vecinos del pueblo cuando les hacíamos algún mandado. Y nosotros, con la urgencia de quien aún no conoce el mañana, las convertíamos en tesoros efímeros en la tienda de Juan Villalba o en la de Emilia y Gregorio. Caramelos, chicles: la economía exacta de una infancia feliz.

También recuerdo los cinco duros —veinticinco pesetas exactas, que entonces parecían una fortuna— que nos entregaba don Germán, el cura, cada domingo.

Era el salario modesto de nuestra condición de monaguillos tras la misa del mediodía. Con aquello bastaba para encarar la semana con dignidad infantil y alguna que otra chuchería en el bolsillo.

Ahora, mientras las monedas desaparecen silenciosamente, pienso en todo eso.

Primero fue el euro, que borró de un plumazo nombres y costumbres.

Y hoy, casi sin darnos cuenta, el dinero se ha vuelto intangible, una cifra en una pantalla, dócil y vigilada.

Un dinero que ya no suena al caer en la mano, ni pesa en el bolsillo.

Un dinero que, quizá, ya no es del todo nuestro.