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  • Dos periodistas.

    En apenas unos días se nos han ido dos comunicadores canarios de los que ya no quedan.

    De los que pertenecían a una estirpe extinguida: la de quienes entendían el periodismo como oficio.

    Quienes tuvimos la suerte de conocerlos sabemos que con ellos también desaparece una manera de contar las cosas.

    Era un tiempo en el que la radio se fabricaba con credibilidad, calle y talento.

    Ambos fueron animales radiofónicos.

    De esos que nacen con un micrófono pegado al alma.

    A José Antonio Pardellas le debemos, entre muchas otras cosas, que cada hora, en la Península, alguien recuerde que en Canarias es una hora menos.

    Parece una frase pequeña, pero convirtió a unas islas lejanas en parte cotidiana de millones de españoles.

    Y Santiago Travieso… qué personaje.

    Voz de arena y salitre. Uno de esos tipos capaces de contar Fuerteventura como quien cuenta una pelea, una resaca o un amor perdido. Con crudeza, ironía y verdad.

    La radio pierde dos gargantas. Canarias pierde dos memorias.

    Que descansen en paz.

    Un abrazo sincero a sus familias.

  • No es lo mismo.

    Sí, ya sé.

    No es lo mismo.

    No tiene por qué serlo.

    Pero el miedo no entiende de matices.

    El miedo se activa antes de que lleguen las explicaciones.

    Por eso ahora lo importante no es solo lo que está pasando, sino cómo nos lo cuentan.

    Necesitamos información clara. Directa. Sin adornos. Sin ruido.

    Porque cuando faltan datos, el miedo rellena los huecos.

  • El Delegado del Gobierno.

    Esta semana recibimos a Pedro Viera, Director Insular de la Administración del Estado en Lanzarote.

    Le abrimos las puertas de nuestra casa.

    Para que viera de cerca lo que no se puede contar bien con palabras: 19 años de trabajo, constancia y una historia que sigue creciendo.

    Porque hay cosas que solo se entienden cuando se viven.

  • Monedas.

    He tratado de rebobinar la memoria —darle marcha atrás como a una cinta gastada— para ver en qué momento exacto tintinearon por primera vez las monedas en mis manos.

    No es fácil: la memoria, como el bolsillo de un pantalón viejo, siempre guarda algo y siempre pierde otra cosa.

    Vuelven, nítidas, la media peseta, la peseta, el duro y los cinco duros. No como simples piezas de metal, sino como pequeñas conquistas de la infancia.

    Nos las daban los vecinos del pueblo cuando les hacíamos algún mandado. Y nosotros, con la urgencia de quien aún no conoce el mañana, las convertíamos en tesoros efímeros en la tienda de Juan Villalba o en la de Emilia y Gregorio. Caramelos, chicles: la economía exacta de una infancia feliz.

    También recuerdo los cinco duros —veinticinco pesetas exactas, que entonces parecían una fortuna— que nos entregaba don Germán, el cura, cada domingo.

    Era el salario modesto de nuestra condición de monaguillos tras la misa del mediodía. Con aquello bastaba para encarar la semana con dignidad infantil y alguna que otra chuchería en el bolsillo.

    Ahora, mientras las monedas desaparecen silenciosamente, pienso en todo eso.

    Primero fue el euro, que borró de un plumazo nombres y costumbres.

    Y hoy, casi sin darnos cuenta, el dinero se ha vuelto intangible, una cifra en una pantalla, dócil y vigilada.

    Un dinero que ya no suena al caer en la mano, ni pesa en el bolsillo.

    Un dinero que, quizá, ya no es del todo nuestro.

  • El libro.

    Hoy es el Día del Libro.

    Me acabo de leer Testigo de la historia.

    Me lo recomendó un viejo amigo, Basilio —de esos que no suelen equivocarse—, y no me queda otra que agradecerle el acierto.

    Va de Lanzarote.

    Marcial Martín Bermúdez, su autor, reconstruye, con pulso firme y memoria minuciosa, una de esas gestas silenciosas que terminan definiendo un territorio: el nacimiento de los Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote.

    No hay épica impostada, sino el relato preciso de cómo, uno a uno, fueron levantándose espacios que hoy son la identidad misma de la isla.

    Aquí no hay magia.

    Hay decisiones.

    Hay visión.

    Y hay gente dejándose la piel.

    El autor lo cuenta sin adornos innecesarios. Paso a paso. Como se hacen las cosas importantes.

    Sale César Manrique, claro. Tenía que salir.

    También aparece quien casi nunca sale: Jesús Soto.

    Pero, por encima de todos, están los otros: los hombres anónimos que, a base de sudor, piedra y paciencia, levantaron lo que hoy admiramos.

    Sin ellos, no habría relato posible.

    Si te interesa de verdad cómo se construyen las cosas (las de verdad) tienes que leerlo.

  • Majalulos.

    Majalulo. Palabra con doble vida.

    Primero, la cría del camello, que aún mama y aprende.

    Después, el humano que ya no mama… pero tampoco aprende.

    En Canarias, ambos existen. Pero hoy hablamos del segundo.

    El majalulo moderno no pasta en el desierto. Opina. Señala. Juzga. Todo rápido, todo limpio. Todo sin esfuerzo.

    El relato es perfecto: dromedario ​humillado, camellero condenado, y quien acusa, automáticamente redimido.

    Solo que falla en un detalle: la realidad.

    Porque el camello, aquí, no es atrezo. Es raíz.

    Sin él, Lanzarote no sería Lanzarote. Fue pata, fuerza y paciencia en una tierra donde nada era fácil. 

    Ayudó a arar, a cargar, a resistir. A construir, paso a paso, el paisaje que hoy se contempla.

    Pero eso no cabe en un discurso rápido. No interesa.

    Así que simplificamos:
    ​camello igual a sufrimiento,
    ​camellero igual a verdugo,
    y el majalulo digital, héroe de saldo.

    Curiosa moral: salvar al animal… aplastando al hombre.

    Se habla de bienestar animal. Perfecto.
    Pero inventar, exagerar o acusar sin pruebas no es proteger. Es otra cosa.

    Y también tiene nombre.

    Majalulo, por ejemplo.

  • Finalistas.

    Hay momentos en los que el trabajo bien hecho, el tiempo y la intuición se cruzan en el lugar exacto.

    Nuestra cerveza VULCANALOE ha sido elegida entre las 5 finalistas al Premio de Innovación en el Barcelona Beer Festival 2026, el gran escaparate de la cerveza artesana en el sur de Europa.

    ​Lo curioso —o lo hermoso— es que VULCANALOE apenas acaba de nacer.

    Unos meses en el mundo y ya se sienta a la mesa de los mayores.

    Eso dice mucho.

    Dice que cuando hay origen, identidad y oficio, las cosas encuentran su sitio. Aunque sea pronto. Aunque nadie lo espere.

    Este fin de semana, en Barcelona, estaremos allí. Con la tranquilidad de saber que lo que hemos hecho tiene sentido.

    Ahora toca seguir.

    Enhorabuena a todo el equipo de ALOE PLUS LANZAROTE.

  • Peluqueros.

    No sé por qué, hoy, sin aviso ni motivo aparente, me han vuelto a la memoria mis primeros peluqueros.

    Es extraño, porque hace ya muchos años que no piso ni aquellas barberías de antes, ni estas peluquerías modernas.

    Y, sin embargo, ahí estaban, uno tras otro, como si hubieran estado aguardando pacientemente en algún rincón de la memoria.  

    El primero fue Zenón Luzardo, barbero de los de toda la vida, de manos firmes y oficio antiguo. Me subía a un taburete colocado sobre la silla —ingeniería humilde— para poder manejar con soltura el peine y la tijera.

    Yo, condenado a la quietud, asistía resignado al despojo de mis rizos, y rara era la vez que no salía de allí entre lágrimas o con un enfado oscuro, como quien ha sufrido una injusticia irreparable.

    Luego estaba Juanita Rivera. Costurera y peluquera por vocación o necesidad. Su casa era un híbrido delicioso: mitad salón, mitad sastrería, mitad peluquería.

    Me pelaba entre telas, hilos y patrones, y el sonido de las tijeras competía con el de la máquina de coser, en un duelo doméstico de acero contra acero.

    Y en la adolescencia apareció Ladislao, el mudo de Haría.

    Mudo, sí, pero no por ello callado del todo: hablaba con los ojos, con las manos, con ese gesto torcido que era media conversación.

    Era de una inteligencia afilada. No se le escapaba nada, ni un rumor, ni una noticia, ni una traición capilar.

    Porque si yo me atrevía a poner mi cabeza en manos de otro, Ladislao no me retiraba la palabra —no podía—, pero me lanzaba una mirada que era puro reproche, una especie de discurso silencioso que dolía más que cualquier regaño.

    No sé por qué hoy han regresado todos ellos.

    Tal vez la memoria tiene sus propios caprichos, sus deudas pendientes.

    Lo cierto es que, al recordarlos, he sentido algo parecido a la gratitud.  

  • La cruz.

    Todos cargamos con algo.

    Problemas, presión, miedos, responsabilidades…
    Llámalo cruz, si quieres.

    Con el tiempo entiendes algo importante:

    No es tanto lo que llevas, sino con quién lo llevas.

    Por eso, a largo de la vida te das cuenta de que el verdadero valor está en las personas que aparecen —familia, amigos, compañeros— y que, sin hacer ruido, te ayudan a sostener ese peso.

    No te lo quitan,
    pero lo hacen más llevadero.

    No te salvan,
    pero evitan que caigas.

    Y eso marca la diferencia.

    Porque ninguna cruz pesa igual cuando no se carga en soledad.

  • Paula.

    Conozco a Paula desde que era una chinija.

    Con su familia siempre me unió algo más que el trato: una cercanía de las que no se explican, simplemente se viven.

    Nadie habría imaginado entonces que, años después, el destino —caprichoso como acostumbra— nos colocaría en la misma trinchera profesional.

    Recuerdo perfectamente el día en que cruzó la puerta como promotora de ventas.

    Llevaba los nervios en la mirada, pero también esa determinación silenciosa que no se aprende.

    Cumplió. Y cumplió bien.

    El tiempo, que pone a cada cual en su lugar, la llevó después a la Central. Allí cambió el mostrador por la mirada exigente del equipo de calidad.

    Y fue entonces cuando lo vimos claro: no era una más, era un diamante en bruto.

    Han pasado más de diez años. No es poco.

    Hoy no se despide: dice “hasta luego”, como hacen quienes dejan huella.

    Porque la vida —ya lo sabemos— es una sucesión de etapas, y hay que tener el valor de cerrarlas a tiempo.

    Paula se marcha sabiendo que esta siempre será su casa.

    Aquí deja algo más que trabajo: deja respeto, orgullo compartido y la huella limpia de quien ha sabido crecer junto a otros.

    Deja también algo difícil de medir: complicidad, aprendizaje mutuo, la sensación de haber construido algo entre todos.

    Después de tanto tiempo, a Paula no solo le corre sangre por las venas. También algo de aloe.

    Porque entendió este negocio desde dentro, con esa mezcla de intuición, carácter y lealtad que no abunda.

    Suerte, Paula. Buen rumbo. Y hasta siempre, amiga.